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Catequesis y liturgia: hacia una relación más equilibrada

La Catequesis y la Liturgia guardan una estrecha relación, pues, “si la liturgia es fuente de catequesis, esta tiene un catequista y este es Dios”. Así, la liturgia se sirve de la catequesis y la catequesis de la liturgia.  Por ello, la catequesis hoy no puede ser «sólo» catequesis, sino que debe ser considerada parte de un proyecto más amplio y global, superando cualquier aislamiento al que tienda la acción catequética. Especialmente, se requiere mejorar el equilibrio entre catequesis y liturgia, algo que en tiempos recientes no ha sido fácil de lograr.

Una de las fuentes del desequilibrio entre catequesis y liturgia ha sido la pérdida del carácter de iniciación, propio de la catequesis. En la medida en que la catequesis se aproxima e inspira en los métodos de la escuela, es decir, de la sola enseñanza, pierde su carácter de iniciación en la celebración y en la oración. También es función de la catequesis preparar y profundizar en los ritos, símbolos, signos, actitudes; es decir, todo lo que se vive en los sacramentos.

Un buen comienzo para equilibrar esta relación, es vincular la catequesis con la celebración eucarística dominical y con el año litúrgico. Hay que explicar los gestos, símbolos y sentimientos propios de la celebración eucarística, aunque la catequesis no solo precede la liturgia sino que en ocasiones le sigue: primero se hace experiencia, se vive; después se explica lo vivido en la celebración.

Al tiempo que la liturgia celebra la fe, la catequesis la educa; porque lo que se conoce por medio de la catequesis, se celebra en la liturgia, y lo que se experimenta en la liturgia debe hacerse vida en la existencia del hombre. La catequesis debe preparar a la plena participación en la liturgia, pues “para que los hombres puedan llegar a la liturgia, es necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión” (SC 9).

La catequesis, como ya lo fue al comienzo de la Iglesia, debe ser de nuevo hoy el camino que introduzca a la vida litúrgica. Hay que iniciar con los símbolos y ritos propios de la liturgia, especialmente de los sacramentos, hasta llevar al creyente a experimentar el misterio cristiano celebrado en la liturgia, el cual transforma la existencia y se refleja en nuevos comportamientos y actitudes de vida.

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