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Cristo en el corazón de los reclusos

Santa María de la Merced es ciertamente una invocación antigua que expresa un aspecto esencial del misterio de María, como ha dicho el Papa san Juan Pablo II: “María es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad”. Merced, en la Edad Media es sinónimo de misericordia, piedad o compasión, ejercida para con aquellos que se hallan privados de libertad y en peligro de perder su fe cristiana.
Gracias al sí de la Virgen María, el cristiano se inspira para ir a las periferias, a las que hay que acercarse sin condenar, solo siguiendo los pasos de nuestro Maestro, haciendo “lo que Él nos diga”, siendo capaces de quedarnos junto al pobre, al marginado, al encarcelado, al enfermo, es decir, al descartado de la sociedad, para llevarle consuelo, esperanza, sufriendo con él, completando en carne propia lo que falta a la pasión de Cristo.
Servir es asumir que, para liberar, debemos hacernos pequeños, unirnos al necesitado, en la certeza que así no sólo cumpliremos nuestro misión de redimir, sino que encontramos nosotros también la verdadera libertad, pues en el pobre y el cautivo reconocemos presente a nuestro Redentor.
La pastoral penitenciaria ayuda a sentir la presencia de un Dios cercano, que no se cansa de perdonar, y que no se cansa de esperarnos. La pastoral en las cárceles, ha de ser un anuncio de la Buena Noticia del amor y el perdón de Dios, en la que todos nos debemos sentir partícipes. En este mes de las Sagradas Escrituras, debemos recordar lo importante de leer la Palabra de Dios: ¡es Jesús que nos habla allí! Por eso hay que acogerla con el corazón abierto, para que demos buenos frutos de misericordia para con los más alejados y abandonados.

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