Espiritualidad

Espiritualidad y santidad cuaresmal

Cada vocación en la Iglesia está al servicio de la santidad, que es la gracia y la meta de todo creyente. Significa estar unidos, en Cristo, a Dios, perfecto y santo. “Sean por tanto perfectos como es perfecto su Padre celestial” (Mt 5, 48), nos ordena Jesucristo, Hijo de Dios. “Sí, lo que Dios quiere es su santificación.” (1 Ts 4, 3). Así lo recuerda el libro de Levítico 19,2: “Sean santos, porque yo, el Señor, Dios tuyo soy santo”. Es el reflejo de lo que San Pablo describe en su frase “en Cristo”: vivir en Cristo, que a esto es a lo que más puede aspirar un alma religiosa, espiritual. Es una vida unida al Señor, ligada al Señor. Es sufrir con Él, entrar en el desierto y en el Gólgota con Él, morir con Él, resucitar con Él, y con Él participar de la gloria celeste. La cuaresma nos llama a retomar la vida en Cristo: “Ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí” (Gal 2,20). De esta manera los fieles que viven en el Señor, que viven “en Cristo”, se hacen juntamente con Él, coherederos de su Reino; y es tarea primaria de la Iglesia acompañar a los cristianos por el camino de la santidad, con el fin de que aprendan a conocer y a contemplar el rostro de Cristo y a redescubrir en Él la auténtica identidad y la misión que el Señor confía a cada uno, llamados a ser templo santo en el Señor (Ef. 2, 20-21).
La Santidad o vida en Cristo, implica, apartarse del mundo, y así, santo es aquel que ha abandonado el mundo, ha renunciado a adherirse a los placeres de este mundo, ha roto la alianza con los bienes de este siglo, y va a donde el Señor le llama, a vivir lo que el Señor le pide (Gn 12,1-4). Se ha hecho persona aparte, un ser fácilmente reconocible, así como los cristianos de los primeros siglos, que se caracterizaban porque eran fáciles de distinguir del mundo pagano.

El santo es una persona
comprometida, responsable
El Santo es un consagrado perpetuo al amor y al servicio de Cristo; vive en forma de ofrenda a Cristo, y se halla revestido de los mismos rasgos que lo sagrado, y así pertenece en adelante por entero al Señor. En la cuaresma el santo recuerda las huellas que marcan su camino en todo acontecimiento de su vida. El Santo, consagrado a Señor, sabe que no se pertenece, que todo su ser es de Él y no suyo, y así se sabe llamado a vivir con Él y para Él, y lo hace con agrado. Pero el santo al mismo tiempo que se disocia del mundo permanece en el mundo y con el mundo, para el cual el Señor se ha sacrificado (cf Jn 17,15). Ama a aquellos a quien su Señor ha amado, y por este mismo hecho se ofrece a los amados de su Señor.

La santidad es dinámica y comprometida
El Santo se sabe siempre caminante hacia la perfección, paso a paso. Cada día se esfuerza por avanzar en el largo sendero que le separa aún de su Señor. Cada día trata de acercarse más cerca de la plenitud de su gracia, a fin de adquirirla, la gracia de Cristo, y de llegar a estar poseído por ella, como decía San Basilio. La santidad es un proceso y es largo.
El verdadero espiritual sabe que el ideal de la santidad que quiere alcanzar supone compromiso serio, y sabe que no excluye retrocesos, faltas, debilidades, incluso caídas, ya que todos estamos siempre en estado de lucha, y que nuestro combate contra las tentaciones, las potestades de este mundo, es continuo (Mt 4,1). La Cuaresma nos introduce en el desierto de nuestra vida, y nos da la oportunidad de volver a la senda de la perfección y santidad a la que estamos llamados y es nuestra meta alcanzar.
La Santidad no es un simple atributo entre tantos otros atributos, sino que es generadora de todas las virtudes y constituye el conjunto de todas, o, mejor, cada virtud debe estar inspirada, impregnada y animada por la santidad, porque la santidad de cada ser no es otra cosa que una extensión o continuación ininterrumpida de la santidad del mismo Cristo. Si un hombre es santo, es la santidad de Cristo la que es santidad en él.

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