Clero

¡Qué fácil es quejarse del mundo de hoy!

Cuando hablo con padres de familia, no es raro que surja la queja: «Ay, es que antes no era así… La juventud de hoy…» Es cierto, hay muchas cosas de qué preocuparnos, pero, ¿de verdad estamos tan mal como pensamos?
«La gente murmura de su tiempo, como si hubieran sido mejores los tiempos de nuestros padres. Pero si pudieran retornar al tiempo de sus padres, murmurarían igualmente. El tiempo pasado lo juzgamos mejor, sencillamente porque no es el nuestro.» No es un texto de hoy, sino de hace 1600 años. Fue escrito nada menos que por el gran san Agustín de Hipona.
El mundo de hoy no es más difícil que el de ayer; es, simplemente, diferente. Y a los educadores nos corresponde ver la manera de aprovechar estas diferencias para el bien.
No ha existido generación que no se haya quejado de su propia época, porque en todas siempre ha habido pros y contras. Como los contras los vemos muy fácilmente, vamos a hacer un breve análisis de algunos de los pros.
Nuestra sociedad ha sido irremisiblemente globalizada. Las fronteras se diluyen cada vez más, y se abre con ello un horizonte ilimitado de posibilidades de cooperación, ayuda y enriquecimiento mutuo.
Vivimos en un mundo sediento de la verdadera felicidad. Esta sed es buena, pues sólo el sediento busca algo para beber. El vacío existencial, la sed que tiene el mundo, ha de ser aprovechado para ofrecerle la verdadera Agua que lo saciará (cf. Jn 4, 14).
Asimismo, la juventud actual está ansiosa de recursos materiales y espirituales, pero hemos de ayudarla a vencer la tentación de elegir las vías más fáciles o ilusorias, para encontrar el camino de la Verdad plena.
Es momento de renunciar a nuestra comodidad, de dejar atrás las quejas amargas y de comenzar a actuar sobre nuestra realidad. Sólo si nos convertimos en hombres nuevos, el mundo se convertirá en nuevo.

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