Espiritualidad

Jóvenes: acojan y celebren la vida

Saber mirar

Purificar la mirada de todo lo que está promoviendo una vida gratuidad, pero sin Dios. La mirada de Dios es siempre de bien para el alma, siempre es para construir, bendecir, levantar, nunca para tirar, desvalorizar. El joven tendrá que aprender a colocarse en la vida de tal forma que pueda ver las transparencias de Dios, los gestos sencillos en los que se esconde la vida. Es una invitación a mirar contemplativamente o más allá de donde pocos son los que miran. Un ejemplo de esta mirada de Jesús es: Marcos 12,41-44: “Llamando a sus discípulos, les dijo: “Les aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir” (Mc 12, 41-44).

En Exodo 3, el episodio de la Zarza, la mirada de Dios está en Moisés cuando comienza a descender del Horeb. Dios no mira a Moisés en su pasado, sino en el presente y futuro. La mirada de Dios se dirige a Moisés cuando comienza a descender de Horeb (Ex 3). De esto podemos decir para la juventud hoy que la mirada de Dios es “de amor”, es mirada de amor y para amar más. San Juan de la Cruz exhorta a mirar como Dios nos mira: “El mirar de Dios es amar y hacer mercedes” (CB 31,5).

Mirar como Dios nos mira

La mirada de Dios es mirada amorosa, de protección y compañía, atenta a Moisés, atenta a esa mirada a la vida concreta del hombre que Él ha enviado a una misión salvífica. En este encuentro de JMJ19, qué importante es que los jóvenes vengan abiertos a ser mirados por Jesús, en ese paseo que realiza en la persona del Papa Francisco. Esta mirada, es la que me hace caer en la cuenta que “no estamos solos, que nunca estamos solos” y que la vida tiene sentido para cada uno. Saber que, aunque se experimenten multitud de rupturas, de decepciones, de desafíos, de persecuciones, y uno esté solo tantas veces, sin la experiencia humana de sentirse arropado o comprendido por alguien, Dios está, Dios mira, Dios acompaña en el camino del desarrollo humano y en la misión, Dios va rompiendo la soledad del hombre y venciendo los miedos que le pueden atar detener. Dios es Amor (1Jn 4,8), y no se desentiende de nadie: “Está”, “Es el que es”, “Es el que está con nosotros”.

Dejarse mirar por Dios

La mirada de Dios es siempre benefactora para el hombre. Tanto san Juan de Ávila como san Juan de la Cruz lo sintetizarán diciendo que “el mirar de Dios es amar y hacer mercedes” (CB 19,6). En las Escrituras aparecen los ojos de Dios y su mirada como una referencia a la bondad de Dios: “Mira a tu pueblo”, “Inclina tu oído, Señor, y escucha; abre tus ojos, Señor, y mira” (2Re 19,16), “mira mis trabajos y mis penas” (Sal 24,18); “los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia” (Sal 32), porque “tu guardián no duerme ni reposa” (Sal 120). Es una mi-rada de amor que penetra el corazón del hombre: “¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde me escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo…” (Sal 138). Lo peor que puede pasar es que Dios deje de mirar, gire su rostro: “Yo tampoco tendré una mirada de piedad” (Ez 10,9). La mayor mirada, la más impactante, la de Jesucristo encarnado: “lo miró y lo amó” (al joven rico), “lo miró con cariño” (Mc 10,21). Jóvenes déjense mirar por Dios y no le tengan miedo a su mirada, vengan con corazón dispuesto a ser mira-dos y enviados.

Dios mira al corazón y al futuro

La mirada de Dios es una mirada al futuro, porque Dios es el Dios de las promesas, del futuro, de la Alianza (Rm 9, 4) que Él va a llevar a plenitud; siendo Alfa es también Omega (Ap 22,13). Dios mira a Moisés que desciende, mira y acompaña a su pueblo encaminándolo a un futuro de plenitud, ¡su pueblo elegido!, para que haga el éxodo y conducirlo a la Tierra prometida, imagen y tipo del Cristo total, Cabeza y Cuerpo. Con razón san Pablo llamará a Dios “el Dios de la esperanza” (Rm 15,13). Él no es Dios de muertos sino de vivos (Lc 20,3), es el Dios de las promesas, El Que mira siempre adelante y conduce más allá duc in altum!, mar adentro- a su pueblo. Es Aquél que da “un porvenir y una esperanza” (Jr 29,11), que promete “unos cielos nuevos y una tierra nueva” (Ap 21,1).

Artículo anterior

Jornada de oración une a equipos diocesanos

Siguiente artículo

Agentes revisan su compromiso en la Pastoral Familiar Arquidiocesana