Laicos

La verdad es que me duele Dios

No es raro encontrar, en uno de los diarios de Panamá, a un articulista que, aunque hable de fútbol o de política, muestre su resentimiento contra Dios y que a nosotros los creyentes nos trate de oscurantistas, ignorantes y supersticiosos por creer en Dios; pareciera que DIOS LE DUELE.

Contradictoriamente,  pareciera que su negación es en realidad una afirmación. Si se vive con la profunda preocupación de mostrar públicamente, en todos los incidentes de la vida que Dios no existe, es que DIOS LE DUELE. Pareciera que está en busca de una presencia no resuelta.

Alabo su sinceridad, es mucho mejor tomar en serio a Dios, que mostrar una franca indiferencia. Nos acusa, y con toda razón, de superficiales, de adorar a un Dios nacido pobre, que puso su morada en el corazón de los pobres y de no ver la pobreza y el sufrimiento, como si fuesen transparentes, invisibles. Nos acusa de celebrar un acontecimiento vaciándolo de su más hondo sentido. Nos acusa de convertir en mito lo que en verdad sucedió, pero que es demasiado fuerte para ser desmitificado.

Y es que el mundo siente que ya  no tiene sentido debatir  la existencia de Dios. Se estima que todas las interrogantes sobre la vida: el ser humano, la naturaleza, el cosmos, etc. han sido resueltas por la ciencia. Dicen los analistas que el “hombre” está pasando de ser  “religioso, creyente” a ser “arreligioso, indiferente”.

A mí también me DUELE. Me duele ver cómo la Natividad de Nuestro Señor se ha convertido en un frenesí de compras, arbolitos, pesebres, muy lindos, pero faltos de compromiso con los que no tienen navidad. Muy alejados del verdadero sentido del Dios que vino a quedarse con nosotros.  Celebran, algunos, a un gordo con barba de algodón y vestido de coca cola, y que ahora resulta que tiene esposa.  A mí también ME DUELE DIOS.

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