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Lo que decimos se hace online

Muchas veces en el mundo virtual hacemos o decimos cosas que no haríamos ni diríamos en la vida real. El experimento busca llevar a la realidad lo que muchas veces se queda aprisionado en las redes. Las consecuencias son impactantes. La timidez, la falta de libertad, la falta de seguridad, el miedo a lo que otros puedan decir o hacer, o el seguimiento solamente externo de pautas morales como el respeto y la tolerancia hacen que muchas personas, tras el escudo de una pantalla, se atrevan a liberar lo que verdaderamente tienen en el interior.

Esto hace recordar aquella frase popular que dice así: «Dale una máscara a un hombre y verás quién es realmente». ¿No será la pantalla, en algunos casos, una nueva más-cara? La libertad que se experimenta para poder comportarse en las redes sociales sin temor a las consecuencias demuestra muchas veces que el comportamiento aparentemente correcto en la vida real podría no estar enraizado en un verdadero compromiso interior con el bien y la verdad sino en un utilitarismo que lleva a poner la razón de mis acciones en lo que es más útil o conveniente para mí. Así, muchas obras respetuosas podrían ser solo fachada para ascender socialmente, evitar conflictos o dejar una apariencia positiva. Sin embargo cuando todas estas segundas intenciones no tienen lugar es cuando se pone a prueba el corazón de cada uno. Como diría el Señor: «El hombre bueno, saca lo bueno del buen tesoro de su corazón. El hombre malo, saca lo malo del mal tesoro de su corazón; porque de la abundancia del corazón habla la boca» (Lc 6, 45).

Tal vez una virtud buena para el caso que tocamos es la prudencia. Ella nos permite saber ver la realidad con profundidad, luego juzgar qué es lo mejor que debo hacer y, finalmente, actuar según eso.

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