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Los jóvenes son la fuerza y los ancianos la memoria y la sabiduría

En Nápoles, el año 2015, ha hablado una anciana de 95 años al Papa Francisco, contándole “su miedo de sentirse sola y preguntaba cómo sentirse parte de la comunidad”. El Papa le respondió diciendo que hoy “los ancianos son descartados porque esta sociedad tira lo que no es útil. Se descartan los ancianos, se les deja solos”. Por eso, ha preguntado a los hijos que tienen padres ancianos: “¿están cercanos a sus padres? ¿van a visitarlos?”. El afecto de una visita es la mejor medicina para un anciano. 

Tengamos presente a nuestros ancianos para que sostenidos por las familias e instituciones de la sociedad, sigan colaborando con su sabiduría y experiencia a la educación de las nuevas generaciones, ya que a ellos se les ha confiado transmitir la experiencia de la vida, la historia de una familia, de una comunidad, de un pueblo. No podemos olvidar, como nos advierte el Papa Francisco, que “un pueblo que no cuida a los abuelos y no los trata bien es un pueblo que ¡no tiene futuro!”.

Una sociedad que valora solo el presente tiende también a despreciar todo lo que se hereda del pasado, como por ejemplo las instituciones del matrimonio, de la vida consagrada, de la misión sacerdotal. La Iglesia lleva en sí una larga tradición, que se transmite de generación en generación, y que se enriquece al mismo tiempo con la experiencia de cada individuo.

No podemos olvidar que nuestra historia personal forma parte de un largo camino comunitario en donde  los ancianos son aquellos que nos traen la historia, la doctrina, nos traen la fe y nos la dan en herencia. Los ancianos son un tesoro, ya que la sabiduría que tienen, es la herencia que nosotros debemos recibir. Un pueblo que no custodia a los ancianos, un pueblo que no los respeta, no tiene memoria, perdió la memoria.

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