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En el matrimonio conviene cuidar la alegría del amor

Cada familia tiene su ritmo, como el latido del corazón. El hogar que conforman debe ser lugar de descanso y de impulso, de llegada y partida, de paz y de sueño, de ternura y responsabilidad.

La pareja debe construir el clima antes de la llegada de los hijos. La casa no puede quedar desierta a causa del trabajo o por otras presiones externas, sino que la familia deberá aprender a vivir y a conjugar los tiempos del trabajo con los de la fiesta.

En muchas familias ya ni siquiera existe el hábito de comer juntos, y crece una gran variedad de ofertas de distracción además de la adicción a la televisión y a las redes sociales.

El día domingo es el momento del encuentro entre hombre y mujer. Sobre todo es el Día del Señor, el tiempo de la oración, de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, de la apertura a la comunidad y a la caridad.

Y así, también los días de la semana recibirán luz del domingo y de la fiesta: habrá menos dispersión y más encuentro, menos prisas y más diálogo, menos cosas y más presencia.

Un primer paso en esta dirección es ver cómo habitamos la casa, qué hacemos en nuestro hogar. Es preciso observar cómo es nuestra morada y considerar el estilo de nuestra forma de vivir, las decisiones que hemos tomado, los sueños que hemos cultivado, los sufrimientos que vivimos, las luchas que sostenemos pero sobre todo las esperanzas que juntos albergamos.

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