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Nicaragua, la nueva Venezuela

La situación en Nicaragua avanza rápida- mente hacia lo insostenible e insoportable. Con más de 300 muertos y 2000 heridos, fruto de la represión del gobierno, el miedo se ha apoderado del país. La gente sólo dispone de unas horas en la mañana para salir a la calle, pues al principio de la tarde comienzan los francotiradores a disparar sobre todo aquel que se mueve y no lleva una identificación del gobierno. El sanguinario dictador, Ortega, ha ordenado que los heridos por la represión no sean atendidos en los hospitales públicos y la gente muere desangrada en las calles.

Pero uno no sabe qué es peor, si esta tragedia o el silencio con que, en general, la comunidad internacional la acoge. ¿Qué estaría ocurriendo en este momento si eso mismo fuera protagonizado por un dictador de derechas? Estoy seguro de que todas las capitales europeas y la mayor parte de las ciudades norteamericanas hervirían de manifestaciones violentas de protesta. Sin embargo, el control que la izquierda ejerce sobre los medios de comunicación mundial es tan grande que cuando son los comunistas los responsables de la tragedia o no pasa absolutamente nada o pasa muy poco. Y no se trata sólo de Nicaragua. Venezuela es otro ejemplo sangriento de lo mismo.

El valiente obispo auxiliar de Managua, monseñor Báez, se ha convertido en el líder del cambio dentro de la Iglesia nicaragüense y el aumento de la represión ha logrado la unidad contra el régimen en el seno del Episcopado. Gracias a eso se pudo evitar una matanza en la ciudad de Masaya, que de forma masiva se levantó contra la tiranía de Ortega. Pero después se produjeron las declaraciones del dictador, muy duras contra la Iglesia y los obispos, a los que acusó de lanzar maldiciones contra él. La consecuencia ha sido lo ocurrido esta semana en la basílica de San Sebastián de la ciudad de Diriamba. Un grupo de franciscanos y de médicos que atendían a la población se habían refugiado allí y estaban sitiados por doscientos encapuchados armados y pagados, favorables a Ortega que, por desgracia, existen, como existen en Venezuela. El nuncio, el cardenal Brenes de Managua y su obispo auxiliar monseñor Baez, se presentaron allí para intentar repetir la gesta de Masaya y evitar un baño de sangre. Por des- gracia, Ortega ya les había señalado con el dedo y los paramilitares no les respetaron, sino que les agredieron físicamente. Para más agravio, mientras les pegaban gritaban. “Queremos la paz”, que fue la consigna que los sandinistas utilizaron durante la visita de San Juan Pablo II al país, mientras interrumpían la misa del Pontífice y cargaban contra la aterrada muchedumbre. Típicamente comunista: proclamar con la palabra justo lo contrario de lo que se hace.

Pero, como he dicho antes, la reacción mundial ante lo ocurrido es escandalosa- mente tímida. Pocas han sido las manifestaciones de solidaridad de las Conferencias Episcopales del mundo. Incluso el Vaticano, a pesar de ser agredido su representante en el país, el nuncio apostólico, ha decidido no presentar una queja formal y ha continuado apoyando el diálogo. Probablemente la Santa Sede actúa así para evitar males mayores, quizá sabiendo que un enfrentamiento abierto de la Iglesia con el Gobierno podría provocar una mayor represión. Tenemos ejemplos de comportamientos parecidos en la historia, como cuando Pío XII no hizo pública la información que le había llegado de las matanzas nazis en los campos de concentración para evitar un recrudecimiento de la persecución contra los católicos, que ya se había cobrado numerosas víctimas, Edith Stein y el P. Kolbe entre ellas.

Sin embargo, la historia suele ser muy dura con estas posturas y es posible que en este caso suceda lo mismo. La Iglesia en Nicaragua, sin embargo, sigue firme en la defensa del pueblo oprimido, como lo está la Iglesia en Venezuela. La gente sabe que puede contar con ella y que está sufriendo con ella y eso es lo importante. Los demás, tenemos que acompañarles con la oración y romper el bloqueo de silencio impuesto por la dictadura que domina la mayoría de los medios de comunicación mundiales, para que se sepa lo que está sucediendo allí y sea más fácil que termine cuanto antes.

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