La voz del pastor

Nuestra vocación laical

Los laicos son la inmensa mayoría de la Iglesia, más del 90% de la Iglesia. Pero solo una pequeña minoría es consciente de cuál es su vocación laical.

Por eso nunca podemos olvidarnos que con la fuerza renovadora surgida del Concilio Vaticano II, los laicos, hombres y mujeres, inmensa mayoría del Pueblo de Dios, han adquirido una especial importancia en la Iglesia y en la sociedad. La definición de laicos que propone el Concilio Vaticano II evidencia la índole secular propia de su vocación y su misión como cristianos: “Los fieles que, en cuanto a su incorporación a Cristo por el Bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes a su modo de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano, en la parte que a ellos corresponde. El carácter secular es propio y peculiar de los laicos” (LG 31).

Por eso una de las tareas ineludibles de la Iglesia en Panamá en este siglo XXI es consolidarse como Pueblo de Dios, para ser fiel a la llamada que hace el Espíritu Santo a los seguidores de Jesús, a las decisiones del Concilio Vaticano II, y a las orientaciones de los Papas y de las Conferencias Generales de Obispos de América Latina. Es también la forma privilegiada como la Iglesia puede contribuir eficazmente a la consolidación de una sociedad más justa y humana en Panamá.

Los signos de los tiempos muestran que el presente milenio será el

del protagonismo de los laicos: “Que todos los laicos sean protagonistas de la Nueva Evangelización, la Promoción Humana y la Cultura Cristiana” (SD 97), recuperando así su profundo sentido de unidad en la única vocación al seguimiento de Jesús y a la misión evangelizadora, superando interpretaciones que llevaron a subrayar las diferencias dentro de la Iglesia, surgidas a lo largo de la historia. Cada vez se hace más clara la necesidad de que todos los laicos descubran el significado de su Bautismo y de que la Iglesia transmita el gozo y la responsabilidad que esto conlleva.

El laico, en su realidad histórica, por su incorporación a Cristo, está llamado, ante todo, a santificarse y santificar al mundo. De ahí la necesidad de una fuerte espiritualidad laical y de comunión que le ayude, individual y comunitariamente, a encarnar el Evangelio en la vida diaria, y de una formación integral desde la fe, para poder vivir coherentemente su compromiso cristiano en el mundo.

A lo largo de los cinco siglos de presencia evangelizadora de la Iglesia en Panamá, podemos decir   que el laico ha ido desarrollando gradualmente su misión como miembro del Pueblo de Dios. Todos somos herederos de los esfuerzos de quienes esparcieron la semilla del Evangelio, continuaron la siembra y recogen hoy los frutos del compromiso evangelizador. La historia de la salvación en Panamá hace ver que Jesucristo ha sido proclamado y asumido en la vida de no pocos creyentes y en la experiencia de la Iglesia presente en esta tierra de gracia. Los laicos de ayer y de hoy tienen conciencia de la realidad concreta del país, de su historia, su cultura, sus desafíos, sus luces y sus sombras.

En Panamá, como en toda América Latina, el cristianismo tiene dos fuentes: la labor de los evangelizadores y la transmisión horizontal de los cristianos. Desde los inicios de la evangelización formal, los misioneros y los laicos colaboraron mutuamente para la evangelización, la catequesis y la promoción humana. Hay que destacar, además, el papel esencial de la mujer, de gran impacto, en esta transmisión y vivencia de la fe.

A medida que la Iglesia fue consolidándose, formó generaciones de hombres y mujeres comprometidos con su fe. Fueron surgiendo las Terceras Órdenes, diversas cofradías y hermandades de laicos que se reunían en torno a un interés o devoción propia de la Iglesia. Varias de estas devociones persisten aún y, además, han sido

A medida que la Iglesia fue consolidándose, formó generaciones de hombres y mujeres comprometidos con su fe. Fueron surgiendo las Terceras Órdenes, diversas cofradías y hermandades de laicos que se reunían en torno a un interés o devoción propia de la Iglesia. Varias de estas devociones persisten aún y, además, han sido

En Panamá donde, fuera de algunas ciudades, escaseó siempre el clero, y más aún después de los movimientos independentistas, el aporte de los laicos ha sido extremadamente relevante. A eso se debe la peculiaridad de nuestro Cristianismo que es más de convicciones individuales y prácticas devocionales, que de claridades doctrinales y pertenencia a organizaciones formales.

A lo largo de nuestra historia ha habido innumerables hombres y mujeres que en la práctica diaria han sido grandes evangelizadores y testimonio de auténtica vida cristiana. Muchos realizaron una labor importantísima en los diferentes campos del quehacer humano, social, intelectual y cultural, destacándose en la ciencia, la educación, la política, así como también en la práctica de la caridad cristiana.

Por eso hemos de agradecer que en los últimos años se ha ido fortaleciendo la misión de los laicos en general, tanto de aquellos que no se han integrado en ninguna organización, como de aquellos que se han incorporado a distintas pastorales; a movimientos y asociaciones los consejos diocesanos de laicos y, más recientemente, a los consejos parroquiales, pastorales y económicos. Sin embargo, la mayor parte de los laicos, viven y practican su cristianismo en forma individual.

En la actualidad, la cultura se ha descristianizado y el ambiente está impregnado de antivalores que contradicen frontalmente el Evangelio. Por eso los laicos han de vivir nuestra fe con autenticidad y convicción, como en la Iglesia primitiva, movidos por la pasión de seguir a Cristo. Este es el laico que tiene que estar en el horizonte de la Iglesia panameña.

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