Espiritualidad

Orando con el fútbol

Michel Quoist fue un conocido sacerdote francés, pastoralista y excelente literato. Hace años se hizo muy famoso uno de sus libros (Prières), traducido al español como “Oraciones para rezar por la calle” (Ed. Sígueme), porque invitaba a orar desde la vida, en la calle. Vale la pena recordar hoy una de esas oraciones, que se titulaba “Fútbol nocturno. La ofrezco con su texto introductorio y cita bíblica Muchas veces los hombres quisieran estar lejos del punto y hora que les toca vivir. Es una ilusión enormemente peligrosa. A espaldas del deseo eterno del Padre no hay en el Mundo quehacer para nosotros. Para realizar nuestra vida y colaborar en la realización de la humanidad, es preciso no huir un solo segundo de nuestro sitio. Porque nuestra vida es una obra divina.

Y Él (Cristo) constituyó a los unos apóstoles, a los otros profetas, a estos evangelistas, a aquellos pastores y doctores para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos alcancemos la unidad de la fe…Cristo, de quien todo el cuerpo, trabado y unido…para la operación propia de cada miembro, crece y se perfecciona en la caridad (Ef. 4, 11-16).

“Futbol nocturno”

“Esta tarde, en el estadio, la noche se agitaba poblada por sesenta mil sombras, y cuando los reflectores pintaron de verde los terciopelos del inmenso césped la no-che entonó un canto entonado por sesenta mil voces.

El maestro de ceremonias había dado la señal de empezar el oficio, y la liturgia imponente se desarrollaba sin tropiezo, el balón blanco volaba de oficiante en oficiante como si todo hubiera sido minuciosamente preparado de antemano, iba de uno a otro, rodaba a ras de suelo o volaba por sobre las cabezas.

Y como cada uno cumplía su misión, estando en su sitio, como todos rendían lo previsto y cada uno se sabía una pieza del conjunto, la pelota avanzaba, lenta, pero segura.

Y cuando el balón hubo recogido el esfuerzo de todos, cuando hubo reunido el corazón de los once jugadores, el equipo disparó y marcó el tanto de la victoria.

Cuando a la salida la inmensa masa se deslizaba lenta por las calles demasiado estrechas, yo pensaba, Señor, que la historia humana, para nosotros un largo partido, era para Ti esa grande liturgia, prodigiosa ceremonia que comienza en el alba de los tiempos y que no se terminará hasta que el último oficiante haya cumplido su último gesto.

En este mundo, Señor, cada uno de nosotros tiene su sitio; Tú, entrenador providente, nos lo marcaste desde la eternidad.

Porque Tú tienes necesidad de nosotros aquí, y nuestros hermanos tienen necesidad de nosotros, y nosotros tenemos necesidad de todos.

Y lo importante no es, desde luego, el puesto que ocupo, Señor, sino la perfección y la profundidad de mi presencia, ¡qué importa que yo sea defensa o delantero, si soy hasta el máximo lo que debo ser!

He aquí, Señor, mi jornada ante mí…

¿No me habré refugiado demasiado en los fallos, criticando los esfuerzos de los otros, hundidas mis manos en los bolsillos?

¿He defendido bien mi puesto y, cuando Tú miras al campo, me has encontrado siempre en mi sitio?

¿He recibido bien el “pase” de mi vecino, y el “centro” que me vino desde el extremo?

¿He “servido” bien a mis compañeros de equipo, sin individualismos que me permitieran lucirme?

¿He “construido” juego para que se consiga la victoria y todos puedan contribuir a ella?

¿Luché hasta el fin a pesar de los fallos, los golpes, las lesiones?

¿No me han puesto nervioso los gritos de los compañeros y de los espectadores, no me he desanimado ante sus incomprensiones y reproches, ni me he enorgullecido con sus aplausos?

¿He “rezado mi partido” sin olvidar que, a los ojos de Dios, este juego de los hombres es el más sagrado de los Oficios?

Y ahora vuelvo ya a descansar a los vestuarios. Mañana, si Tú me seleccionas, yo volveré a jugar y así cada día…

Haz que este partido celebrado con todos mis hermanos sea la solemne liturgia que Tú esperas de nosotros, a fin de que cuando Tú silbes el final de nuestras vidas, seamos selección.

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