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Pensar, sentir y vivir como cristianos

Con el miércoles de ceniza iniciamos el tiempo de  Cuaresma. La ceniza bendita impuesta sobre nuestra cabeza es un signo que nos recuerda nuestra condición de criaturas, nos invita a la penitencia y a intensificar el compromiso de conversión para seguir cada vez más al Señor, en un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte.

Con la imposición de la ceniza, los cristianos  recibimos una fuerte llamada a la conversión en donde se nos dirá: conviértete y cree en el Evangelio y recuerda que eres polvo y al polvo volverás; esta es una invitación a no contentarnos con una vida mediocre y conformista, sino a crecer en la amistad con el Señor para el servicio de los más necesitados.

Para el cumplimiento de la vocación bautismal y salir victorioso en la lucha entre la carne y el espíritu, entre el bien y el mal, lucha que signa nuestra existencia, el Señor nos indica tres útiles medios: la oración, la limosna y el ayuno (Mt. 6, 1-18).

Por eso, todo cristiano está llamado a abrirse a las necesidades del hermano que implica una acogida sincera, que sólo es posible con una actitud personal de pobreza de espíritu (Mt. 5,3). Gracias a ella el cristiano reconoce que la propia salvación proviene exclusivamente de Dios y, al mismo tiempo, se hace disponible para acoger y servir a los hermanos, a los que considera “superiores a sí mismo” (Fil. 2,3). La pobreza espiritual es fruto del corazón nuevo que Dios nos da; en el tiempo de Cuaresma, este fruto debe madurar en actitudes concretas, tales como el espíritu de servicio, la disponibilidad para buscar el bien del otro, la voluntad de comunión con el hermano y el compromiso de combatir el orgullo que nos impide abrirnos al prójimo.

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