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Renovemos todas las cosas en Cristo

El Cántico de Zacarías dice: “El Señor ha visitado y redimido a su pueblo” (Lc. 1, 68). Es verdad que nos ha visitado el Señor, haciéndose hombre, en todo semejante a nosotros menos en el pecado. La vida de Jesús, sobre todo en los tres años de su ministerio público, ha sido una visita, que se convierte en encuentro de salvación con las personas. Entre ellas, el paralítico, el ciego, el leproso, el endemoniado, el epiléptico, e innumerables enfermos de todo tipo, pecadores y descartados. Jesús se ha hecho cercano a cada uno de ellos.
Debemos recordar que una visita a un enfermo, a un encarcelado, un anciano, desempleado, migrante o deprimido puede hacerlo sentir que está menos solo. Una sonrisa, una caricia, un apretón de manos son gestos simples, pero muy importantes para quien se siente que está abandonado. Cuántas veces solo nos contentamos con visitar la presencia Real de Jesús en la Eucaristía, pero tenemos miedo de visitar a Cristo en los hospitales, en las cárceles o en los callejones donde duerme tanta gente y que son verdaderas “catedrales del dolor”, como nos recuerda el Papa Francisco.
No caigamos en la indiferencia, sino volvámonos instrumentos de la misericordia de Dios. Todos nosotros podemos ser instrumentos de la misericordia de Dios y esto hará más bien a nosotros que a los demás porque la misericordia pasa a través de un gesto, una palabra, una visita y, esta misericordia es un acto para restituir alegría y dignidad a quien la ha perdido. Recordemos que la visita del Señor pasa siempre por medio de aquellos que logran hacer carne su Palabra, que buscan encarnar la vida de Dios en sus entrañas, volviéndose signos vivos de su misericordia.

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