Laicos

Reparar la brecha: el sentido del sufrimiento

Hace cuatro años falleció el papá de mi mejor amigo en circunstancias trágicas. Fue la primera vez que me tocó acompañar a un amigo en el duelo. Su papá no había fallecido–se había suicidado. El dolor de la situación traspasaba todo su ser.
El sufrimiento viene a todos. No lo podemos escapar, no importa cuánto huyamos. Es un misterio que nos sobrepasa, nos confunde, y a veces nos enoja. Surge espontánea en nosotros la pregunta, “¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Por qué permite tanto dolor?”
Hace unos años me encontraba en un momento oscuro de mi vida en que me preguntaba continuamente por qué seguir a Dios implica tanto sufrimiento, tanta oscuridad, tanto desierto. Me quejaba con Dios un día mientras rezaba el rosario.
Mientras meditaba, comencé a darme cuenta de que Dios me permitía sufrir porque había una cosa que él solo podía obtener de mí cuando estaba sufriendo: mi confianza y aceptación. Él me hizo libre y mi libertad es la única cosa que él no tiene. Para ganar de mi corazón un acto libre de confianza, solamente vale una situación de dolor porque solo ahí puedo hacer un salto de fe en la oscuridad–un acto de confianza total.
El mal entró en el mundo por el pecado de Adán y Eva, por un uso equivocado de la libertad humana, un acto de desconfianza en Dios. Cerrar el espacio entre Dios y el hombre reparando la confianza perdida por nuestros primeros padres es la finalidad de todo sufrimiento. Cuando yo sufro, puedo confiar en Dios como Adán y Eva no confiaron. Cuando yo sufro, puedo confiar en Dios como su Hijo confió.
Por eso Dios se hizo hombre, sudó sangre en agonía y expiró en una cruz por nosotros, para enseñarnos a confiar en Dios a pesar de todo.

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