Espiritualidad

Visitar a las mujeres enfermas

La vida de Jesús, sobre todo en los tres años de su ministerio público, ha sido un incesante encuentro con las personas. Entre ellas, un lugar especial lo han tenido los enfermos, hombres y mujeres. ¡Cuántas páginas de los Evangelios narran estos encuentros! El paralítico, el ciego, el leproso, la mujer con flujo de sangre, el endemoniado, el epiléptico, e innumerables enfermos de todo tipo. Jesús se ha hecho cercano a cada uno de ellos y los ha sanado con su presencia y la potencia de su fuerza sana-dora. Por lo tanto, no puede faltar, entre las Obras de misericordia, aquella de visitar y asistir a las personas enfermas.

A ejemplo del Evangelio

Un ejemplo de la curación de Jesús es a una mujer que sufría flujos de sangre y que se abrió paso entre la multitud para tocar el borde del manto de Jesús. Estaba convencida de que Jesús era el único que podía liberarla de su enfermedad y de la marginación que sufría desde hacía bastante tiempo (Mt. 9, 20-22). Cuando la mujer tocó el manto, Jesús se volvió hacia ella y la miró con ternura y misericordia. Fue un encuentro personal, un encuentro de acogida, en el que Jesús alabó su fe sólida, capaz de superar cualquier obstáculo y adversidad. Porque Jesús no sólo la curó de su dolencia, sino que la libra de sus temores y complejos, le restituye su dignidad y la reintegra en la esfera del amor misericordioso de Dios.

Recordando las palabras de Jesús: “Hija, ten confianza, tu fe te ha sanado” (Mt. 9, 22), podemos aprender que en las personas enfermas vive y se esconde Cristo, al igual que reviven y perduran sus mismos sufrimientos en los de ellos; de tal modo que el valor que nos viene de la Sangre de Cristo, continúa y se acrecienta a través de su mismo dolor, según lo que nos dice San Pablo: “Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su Cuerpo que es la Iglesia” (Col. 1, 24). El sufrimiento no es estéril, no es llanto que se pierde en el viento del desierto, no es crueldad ciega e inexplicable. En efecto, el Evangelio lo explica e interpreta: el dolor es participación directa en el sacrificio redentor de Cristo y como tal tiene una función preciosa en la vida de la Iglesia.

Tengamos gestos concretos de cariño

Vivimos el mensaje del amor y del servicio que se conmueve y que acompaña al otro, más allá de los propios miedos o de los planes personales. ¿No merecen mis hermanos gestos concretos de cariño y de ternura precisamente porque está ahora más necesitado a causa de sus sufrimientos?

Con esta Obra de Misericordia (Mt. 25, 36), el Señor nos invita a un gesto de grande humanidad, ya que quien está enfermo, muchas veces se siente solo. No podemos ocultar que, sobre todo en nuestros días, justamente en la enfermedad se tiene la experiencia más profunda de la soledad que atraviesa gran parte de la vida. Cuantas mujeres están solas en su enfermedad, en su ancianidad, abandonadas en hogares de ancianos, casas y en las cárceles, cuanta tristeza y abandono.

Acciones a realizar

Este mes de Junio, mes de la familia, es un tiempo propicio para redescubrir el valor que ocupan nuestras madres, hermanas, abuelas, hijas, amigas. Por esto, invitamos a todos los cristianos, a los grupos pastorales, a las personas de buena voluntad a realizar la acción significativa del mes de Junio que nos invita a visitar a las mujeres enfermas, en las casas, hospitales, hogares de ancianos, cárceles y le llevemos una flor. Toda mujer merece nuestro valor y respeto, y de manera especial en los momentos de dolor y sufrimiento. ¡Una visita puede hacer sentir a una mujer enferma menos sola y un poco de compañía es una óptima medicina! Una sonrisa, una caricia, una flor, un apretón de manos son gestos simples, pero muy importantes para quien se siente estar abandonado a sí mismo.

¡Cuántas personas se dedican a visitar a las mujeres enfermas en los hospitales, casa hogares de ancianos, cárceles o en sus casas! Es una obra pastoral y de voluntariado impagable. Cuando es hecho en el nombre del Señor, entonces se convierte también en expresión de misericordia. ¡No dejemos solas a las mujeres enfermas! No impidamos a ellas encontrar alivio, y a nosotros ser enriquecidos por la cercanía con quien sufre.

Artículo anterior

Es mejor gastarse por los demás

Siguiente artículo

“Respetemos a la mujer, lo delicado y lo femenino de su esencia”