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Vivimos la era del juicio moral

“No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y se os perdonará”. Estamos ante una de esas enseñanzas contra intuitivas de Cristo, quien, en lugar de la condena moral contra los pecadores, como sería lógico y se espera de un predicador, reivindica justo lo contrario: la suspensión del juicio.

La propuesta es muy desconcertante, desde luego. Y de caer en la cuenta de hasta qué punto estamos constantemente emitiendo valoraciones sobre los demás (ya sea de viva voz o para nuestros adentros), y cuán a menudo lo hacemos con precipitación, placer morboso, y desconocimiento.

Y, por descontado, sin la más mínima piedad. Desde el principio de los tiempos de nuestra civilización, como se ve, no hemos sabido vivir sin juzgar. Hasta cierto punto es lógico, porque nos ayuda a situarnos ante los demás, nos permite ponderar y valorar, y nos da claves para elegir. Pero, sobre todo, nos aporta un bálsamo formidable para sentirnos bien. O, mejor dicho, para sentirnos mejores que los demás.

El juicio es la llave que abre la puerta a la reconfortante sensación de superioridad moral que está en la base de muchas de las aberraciones que el ser humano ha cometido. Pero sin necesidad de ir tan lejos, hoy podemos ver cada día, en tantas tertulias televisivas de todo tipo y no digamos ya en las redes sociales cómo la pasión por juzgar genera una polución que resulta corrosiva de la convivencia.

El juicio moral alimenta el conflicto, y cuanto más extremo es, y más incendiario e infundado, más. De ahí que resulte ideal para la refriega política. Pero cuando caemos en el exceso y en la saturación no hacemos sino envenenarnos y envenenar el clima social. Proponer un mundo donde juzguemos menos e intentemos entendernos más no debería ser un sueño insensato.

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