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¿Es bueno o malo tener un sacerdote preferido?

Existen sacerdotes muy animados y dinámicos, otros muy profundos y espirituales. Algunos hablan mucho y otros son concretos en sus reflexiones. Los hay para todos los gustos, nuestra Iglesia Católica es rica en carismas, quizás tu párroco es diocesano o es un sacerdote de alguna comunidad religiosa como los Redentorista, Carmelitas, Salesianos, Pasionistas, Jesuitas, entre otros.

Todo esto define en gran parte su manera de ejercer como pastor, sin olvidar de raíz que también son seres humanos como tú, con personalidades únicas y diferentes.

En este sentido, en nuestro caminar en la Iglesia llegamos a conocer varios sacerdotes y comenzamos a seguir a aquel que más nos agrada.

Frente a esto el padre César Lacayo, sacerdote de la Basílica Don Bosco asegura que no es malo tener un sacerdote favorito, ese servidor de Dios puede ayudar al joven a acercarse más a Jesús y a superar las dificultades.

Por su parte, Justo Rivas colaborador de la Pastoral Juvenil de la Arquidiócesis de Panamá afirma que admirar a una persona no es malo, porque nos ayuda, como dice San Pablo, a emular santamente lo que esta persona nos propone, siempre y cuando nos proponga buenos valores. 

Sin embargo, ambos presbíteros coinciden que debe haber un objetivo principal y una meta suprema: el encuentro con Cristo. Lo anterior es permitido y es bueno en la medida que me acerque más a Jesús, que lo conozca y lo viva, para crecer en la fe,  para forjar mi futuro, mi proyecto de vida vocacional, para tomar luego las decisiones fundamentales en la vida.

El problema se presenta si tenemos apegos con el sacerdote. Rivas asevera “que se desvirtúa totalmente la verdadera fe. Por más santo que sea un sacerdote puede como humano cometer algún error y aquí el joven puede perder su perspectiva”.

El padre César agrega que el sacerdote debe ser un puente para llegar a Jesús, lo contrario sería propiciar un paternalismo o dependencia. Suele pasar que cuando al sacerdote lo cambian de parroquia o país, los más cercanos a éste no vuelven a misa o se distancian del apostolado.

“Quiere decir que venían por el sacerdote, no por Dios, no hubo una enseñanza ni un aprendizaje en la fe. La motivación era la persona, los dulces que les regalaban, las homilías bonitas o el chiste y nada más.

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