La voz del pastor

Castidad y fidelidad

Todos en la vida cristiana somos conscientes sobre la amonestación que la iglesia nos hace respecto a la castidad y la fidelidad, tanto en la soltería, como en el noviazgo y el matrimonio. Ahora bien, todos somos miembros e hijos de una cultura y de un tiempo especial donde la hedonismo, el querer y el tener están a la cabeza de un mundo y una sociedad permisiva que deja de lado los valores fundamentales que nuestros antepasados trataron de inculcar dentro de una moralidad normal que está basada en el respecto a la dignidad de la persona humana.

El monje trapense Thomas Merton nos dice que “ el hombre está plenamente vivo sólo cuando tiene la experiencia genuina, al menos hasta cierto punto, de dedicarse espontánea y legítimamente al propósito real de su existencia personal. En otras palabras, el hombre está vivo no sólo cuando existe y actúa como hombre (o sea, libremente), sino sobre todo cuando es consciente de la realidad y la inviolabilidad de su propia libertad, y se da cuenta al mismo tiempo de su capacidad para consagrar por entero esa libertad al propósito para el que le fue dada:”

Vivimos en un mundo de la permisividad, donde se ha confundido el valor de la libertad con el libertinaje, donde se han perdido los valores del pudor, el respeto, la prudencia y tantas otras realidades que nuestros antepasados nos trasmitieron. Sin embargo, cuando se dialoga con personas que todavía guardan amor y respeto a sí misma y tienen bien inculcadas estas bellas realidades tienen un respeto y un temor muy grande a jugar con estos valores. Piensan que el matrimonio es algo muy fuerte y que no se puede jugar con ello, prefieren vivir en unión libre, porque el asumir un compromiso de fidelidad les lleva a sentirse atadas a una estructura donde no pueden fallar.

Pienso que vivimos en un país muy rico en culturas, diversidad de pensamientos y maneras de asumir la realidad social. Existen muchos respetos humanos y variedad de formas para situarse dentro de un contexto social pluralista. Toda esta riqueza nos introduce en un mundo frágil dentro de su moralidad, donde se experimenta la limitación de conocimientos y de falta de profundización en los valores indicativos dentro de una estabilidad social y moral: la culpa no es de la sociedad en que vivimos, sino de una globalización que nos ha introducido dentro de una carrera espectacular, donde es casi imposible detenerse a meditar y comprender el valor de las cosas.

Nuestros valores están situados desde un pensamiento débil que me hace situar por encima de todo mis aspectos más frágiles en primer lugar, dentro de una escala de valores defectuosa. Como sociedad abierta a la libertad, tenemos que situar mejor nuestros valores, especialmente de la castidad y la fidelidad. Pero este percatarse de la realidad no se implanta en el ser de la persona, mientras la propia libertad no esté dedicada a su justo propósito. Este propósito tiene que traducirse en vida, en el sentido pleno de la palabra. No la vida individual, centrada en su propio egoísmo, que está condenada a concluir con la muerte, sino una vida que trasciende de las limitaciones y necesidades individuales, una vida que subsiste en Cristo, nuestro Señor. Ya el Señor Jesús, desde su testimonio de vida, nos invita a vivir los valores de la castidad y la fidelidad en todos los estilos de vida: para ello es necesario que tomemos conciencia de nuestra existencia, donde no podemos dejarnos instrumentalizar por la sociedad y el pensamiento del momento, sino situar nuestros valores humanos y cristianos por encima de lo común y natural para muchos.

Nuestra dimensión de cristianos nos impulsa a testimoniar la capacidad que Dios nos ha dado en la utilización de nuestro intelecto para no dejarnos manipular por nuestras pasiones y nuestras ideas recogidas del ambiente pobre y frágil en que nos ha tocado nacer y crecer. Es importante darle un vuelco a las realidades que cosifican a la persona, para llevarla a su justo valor y comprender que si Dios ha creado al ser humano como hombre y mujer, es para darle su justo valor a la realidad que hoy queremos salvar desde un pensamiento ecológico que no debe caer en un panteísmo, sino situar la naturaleza y la realdad en su justo valor.

El cristiano de hoy debe sentirse portador de valores, donde la castidad debe vivirse, no como una represión a sus impulsos más profundos, sino como una dignificación a la otra persona y como un respeto a si mismo: debe vivir la fidelidad en todas sus dimensiones para hacer creíble su palabra y su ser de persona, sabiendo que con esta vivencia estará manifestando ante el mundo su dimensión profética desde  una vivencia personalizada que dignifica nuestro mundo actual que necesita del testimonio vivo y eficaz de estas dos virtudes, que son, a la vez, valores que harán creíble la experiencia del Evangelio en un mundo deshumanizado y que espera mucho de nuestro ser de personas insertas en la humanidad del Señor Jesús.

Que el valor de la amistad con Jesús haga real nuestra experiencia de ser personas castas y fieles a los valores fundamentales de la vida hoy en nuestra querida patria.

Mons. Pedro J. Hernández Cantarero, cmf  / Vicario Apostólico de Darién.

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