Espiritualidad

Libertad y verdad para alcanzar la santidad

Una buena preparación para vivir la JMJ es esforzarse por entrar en el camino de la santidad, y permanecer en él; camino que asegura el encuentro con Cristo (1Pe 1, 16), la vida según el amor a Dios y al prójimo que él nos enseñó. En realidad, Dios lo puede hacer todo, para Él no hay nada imposible, y podría darme esa santidad, ese encuentro verdadero, con Él, pero su deseo es que toda criatura ponga el “uno por cien” de lo que pide. A Dios rogando y con el mazo dando, que la responsabilidad es una virtud necesaria a pedir y llevar a los demás.

Trabajaremos hoy en la preparación de los medios “intrínsecos” para adquirir la santidad, y así alcanzar también esa ansiada santidad. Estos medios intrínsecos son: la oración y los sacramentos.

La oración.

Es la elevación de nuestra alma a Dios, y el trato constante de amistad con Él, esa vida en relación con Dios que cada joven lleva. La oración puede ser “mental o de meditación”, que es esa conversación interior con Él, y en la que llevamos todo lo que somos y tenemos. Es la oración en la que nos presentamos tal como somos, con la mente, el corazón y voluntad, deseosos de hacer en todo lo que le agrada.

Lo que hay que hacer es: ponerse en presencia de Dios y preguntarle qué quiere de mí, que desea de nosotros. En la oración podrías hacerte estas preguntas: ¿Qué dice Jesús aquí? ¿Qué me dice a mí en particular? ¿Qué le respondo hoy a Cristo?

Dejas un tiempo para interiorizar esto y elaborar una respuesta venida del Señor, con quien estás tratando, y a quien todo debemos. En la oración lo importante es la certeza y convicción con la que se está con Él.

La clave es que el joven orante haga conciencia y se prepare para “dejar que el Señor, que te ha elegido, sea el que sirve de medio para los que no pueden salir de sus situaciones. Dios es amor y a cada uno lo lleva a su modo y fidelidad, “como Yo los he amado” (Jn 13,34). La vida orante es el mejor camino para alcanzar la santidad. Nos que-da llevar a la vida de cada día lo que en ella Dios nos dice, nos pida para alcanzar la vida eterna: “una cosa te falta” (Mc 10,21).

Los sacramentos: Penitencia y Eucaristía

Sin la vida sacramental sería imposible alcanzar la santidad en nuestra vida. En los sacramentos el alma adquiere la fuerza y gracia para mantener su vida orante y misionera. Los sacramentos son esas formas en las que el Señor se quiso quedar entre nosotros, esos modos donde se hace encontradizo para que le recibamos y nos mantengamos en el camino de la sanidad.

En el sacramento de la Confesión, cuando vamos con esa fe que nos ha de caracterizar como hijos de Dios, adquirimos de Él la limpieza del alma, nos sentimos renovados, somos liberados de nuestros pecados y revestidos de su fuerza y nos ilumina el camino. La Confesión es el encuentro con Dios, rico en misericordia, que nos abraza, nos levanta, nos perdona, nos alienta. Es un momento para “orar con el alma”, tratar con Dios dejándole que nos libre de todo mal. En la oración vemos lo que nos hace falta y lo que nos sobra para seguir el camino de santidad que deseamos. Santa Teresa de Jesús decía: “En la oración entendía bien mis faltas”. Allí experimenta la mayor de las confesiones, entendía lo que Dios había hecho con ella, lo que hacía con ella: “que primero me cansé yo de ofenderle, que Su Majestad de perdonarme, nunca se cansa de dar ni se agotan sus misericordias. No nos cansemos nosotros de recibir”.

En el sacramento de la Eucaristía, nos unimos a Cristo, y Él nos alimenta, nos quita los pecados veniales, forma el carácter, nos santifica. Aquí se hace vida la promesa del Señor: “El que come Mi carne y bebe Mi sangre, permanece en Mí y Yo en él” (Jn 6, 54-56). Recibimos aquí la santidad pura que buscamos, al Santo de Dios, y el camino a recordar siempre para no perder la santidad: “hagan esto en mi memoria” (Lc 22,19; 1Cor 11,24). La bendición que recibimos es el mismo Jesucristo todo entero, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. Se une a nosotros para transformar-nos en Él. Los místicos llegan a exclamar al experimentar la profundidad de este don: “bastaría una sola comunión” para alcanzar la salvación.

“Señor, prepáranos para el encuentro Contigo. Bendice a toda la juventud en el mundo”. Amén.

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