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María reconoce la grandeza de Dios

“Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lc. 1, 46). María reconoce la grandeza de Dios. Este es el primer e indispensable sentimiento de la fe, el sentimiento que da seguridad a la criatura humana y la libera del miedo, incluso en medio de los cambios de la historia. No lo son, en cambio, la lamentación, la crítica, la amargura, la autocompasión ni el derrotismo, que son actitudes de falta de fe, porque la verdadera fe prorrumpe espontáneamente en la alabanza y el agradecimiento. Alabanza por todo cuanto Dios realiza en nosotros y en el mundo; agradecimiento al reconocernos agraciados y al tomar conciencia de que la misericordia divina “se extiende de gene-ración en generación” (Lc. 1, 50).

“Ha hecho obras grandes en mi favor” (Lc. 1, 49). Nos preguntamos: ¿cuáles son esas obras grandes? Seguramente María puede intuirlas, por la fe, en el pequeño germen de vida apenas perceptible que lleva en su seno; sin embargo, desde el punto de vista humano no es un hecho extraordinario. Es la fe la que le hace descubrir realidades grandes en cosas pequeñas, realidades definitivas en hechos incipientes, realidades perennes en las realidades efímeras. Mientras que la poca fe nunca está contenta ni satisfecha y querría siempre ver más, la fe verdadera está contenta y reconoce los signos el poder de Dios que ha creado todo, el cielo con los seres celestes y la tierra con los terrestres. Ha llenado el mar, lo ríos, los manantiales con seres acuáticos, vivificando todo con el propio Espíritu para que toda la Creación alabara al sabio Creador: la vida y la permanencia en la vida tienen sólo en él su causa.

“Como la joven María, podéis hacer que vuestra vida se convierta en un instrumento para mejorar el mundo. También vosotros, jóvenes, si reconocéis en vuestra vida la acción misericordiosa y omnipotente de Dios, podéis hacer grandes cosas y asumir grandes responsabilidades” (Papa Francisco).

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