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“La Iglesia necesita jóvenes valientes” dijo el Arzobispo en la Ordenacion Sacerdotal de Gerdardo Elías Bolaños

“La Iglesia necesita jóvenes valientes” dijo el Arzobispo  en la Ordenacion Sacerdotal de Gerdardo Elías Bolaños

Tras años de formación, experiencia vocacional y pastoral, Gerardo Elías Bolaños, fue ordenado sacerdote de manos del Arzobispo de Panamá, José Domingo Ulloa Mendieta.

A través del trabajo sencillo en el Santuario Nacional Dios fue preparándolo para este momento decisivo de su vida.

Betzaida Toulier U.

“Jóvenes no tengan miedo de ir contracorriente”, fue el llamado del Arzobispo de Panamá, José Domingo Ulloa Mendieta a la juventud panameña. Lo hizo en la Ordenación Presbiteral del Misionero claretiano, Gerardo Elías Bolaños González, en ceremonia celebrada en la Parroquia La Transfiguración del Señor, Santa Librada, San Miguelito, este sábado 13 de diciembre.

En un ambiente festivo pero reflexivo a la vez, el Arzobispo destacó la respuesta del joven a la misión sacerdotal. Pese a lo que el mundo le ofrecia, Gerardo buscó siempre el camino que lo llevara al servicio a Dios y a la Iglesia. “Un camino no exento de tropiezos, fracasos y momentos de dudas”, dijo.

Monseñor Ulloa destacó que la perseverancia fue su mejor aliada, y hoy después de mucho discernimciento, de formación y experiencia pastoral, Gerardo dijo un Sí definitivo al Señor, y tras la imposición de manos de Monseñor Ulloa fue ordenado sacerdote de Jesucristo, pastor del Pueblo de Dios y misionero, según el carisma de San Antonio María Claret.

Como bien lo señaló Monseñor Ulloa, los votos perpetuos de Gerardo no fueron fruto de un entusiasmo fácil, sino de una fidelidad probada, votos nacidos de la convicción profunda de que vale la pena entregar la vida por el Evangelio.

El Arzobispo fue claro: “No prometemos una vida cómoda, pero sí una vida plena. No prometemos seguridades humanas, pero sí una alegría que nadie puede quitar”, y cerró su homilia con una exhortación a los jóvenes: “miren a Gerardo, miren su historia, miren su sonrisa, miren su entrega, y pregúntense con honestidad y valentía: “Señor, ¿qué quieres de mí?».