El inicio de este tiempo litúrgico lo marca el Miércoles de Ceniza con las palabras “Conviértete y cree en el Evangelio”.
Por Pbro. Miguel Ángel Ciaurriz, OAR.
Sí, otra vez estamos a las puertas de la cuarentena de días con los que nos preparamos a morir con Cristo al hombre viejo, que sigue vivo en nosotros para resucitar con Él a una vida nueva y renovada.
De entrada, conviene tener muy en cuenta que la Cuaresma no es un fin en sí misma, sino un camino, un camino que nos debe conducir a la Pascua, a dar el paso, como he dicho, a una vida nueva. Todo el esfuerzo cuaresmal cobra sentido cuando se entiende como preparación para celebrar y vivir el Misterio Pascual: morir con Cristo al pecado para resucitar con Él a una vida nueva. Sin Pascua, la Cuaresma es una estupidez.
La cuarentena de días de este tiempo debe ser en nosotros un verdadero proceso de cambio y conversión. Morir al pecado significa renunciar a todo aquello que nos aleja de Dios y nos esclaviza; y no solo de Dios, también de la comunidad y hasta de nosotros mismos.
Resucitar a una vida nueva implica acoger la gracia que nos renueva desde dentro; pero primero es morir. La cruz está antes, y es primero que el sepulcro vacío.
Desde que iniciamos el Miércoles de Ceniza, la andadura cuaresmal, nuestra caminata se apoya en tres pilares que son, y deben ser si nos los tomas en serio, signos de conversión y cambio para esa vida nueva. Estos tres pilares son: la oración, el ayuno y la limosna. No son prácticas aisladas una de las otras dos, sino expresiones concretas como adelanto de esa vida nueva en busca de la cual nos afanamos en el camino.
La oración nos abre a Dios, poque somos sus mendigos que de Él estamos permanentemente necesitados; una expresión típicamente agustiniana. El ayuno nos libera de las ataduras, de todo aquello que nos tiene esclavizados y nos impide vivir una vida sin servilismos que nos atenazan y quitan la dignidad. La limosna nos vuelca hacia el prójimo, nos ayuda a entender que la necesidad del hermano es tan importante como la mía, y que acudir en su ayuda es lo mismo que amar al prójimo como me amo a mí mismo.
No olvidemos que es la Iglesia entera la que camina por esta ruta, que no vamos solos hacia la Pascua. Este itinerario cuaresmal se vive en comunidad; si vamos solos no tendremos mucho recorrido ni llegaremos lejos. Y la mejor manera de caminar con otros, y juntos recorrer el trayecto que nos lleva a la Pascua, es seguir el ritmo de la liturgia eclesial de este tiempo cuaresmal.
El punto de partida es el Miércoles de Ceniza. La imposición de la ceniza marca el inicio del camino. Las palabras “Conviértete y cree en el Evangelio” resuenan como llamada a la transformación. Aquí se presentan los tres pilares fundamentales, que ya he señalado y que no debemos olvidar: el ayuno: nos libera de las ataduras materiales y del egoísmo, creando espacio interior para Dios. La oración: abre nuestro corazón al diálogo con Dios, escuchándole a Él sabemos lo que es correcto hacer para llegar a la meta. Y la limosna, lo reitero, nos vuelca hacia el hermano necesitado, expresando el amor en obras concretas y solidarias.
Evangelios
En el primer domingo nos encontraremos con el pasaje de las tentaciones en el desierto. Cristo vence al adversario de Dios, precisamente, apoyado en la oración y el ayuno. Este domingo es propio para identificar nuestros propios desiertos y tentaciones. El ayuno cobra aquí especial sentido: renunciar a lo superfluo para centrarnos en lo esencial.
En el segundo domingo nos encontraremos con el relato de la Transfiguración. Es el anticipo de la Pascua que nos da fuerzas para continuar. Como Pedro, Santiago y Juan en el monte, necesitamos momentos de encuentro íntimo con Cristo que iluminen nuestra travesía, sin caer en la tentación del “¡Qué bien se está aquí!”.
Es una invitación a la introspección, al arrepentimiento y a renovar la relación con Dios, dejando atrás hábitos negativos.
La Samaritana y el agua viva serán el tema del tercer domingo. Cristo se revela como fuente de vida nueva. El encuentro personal con Él transforma nuestra existencia. Debemos, como la mujer en el pozo, reconocer nuestra sed de Dios y nuestra necesidad de conversión.
En el cuarto y quinto domingo nos encontraremos con el ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro. Pasamos de las tinieblas a la luz. Lázaro es un anticipo de que Cristo es la resurrección y la vida. Con él tendremos, en los días del Triduo Pascual, que formalizar, hacerla real, nuestra muerte y nuestra resurrección con el galileo.
