Seamos una Iglesia que no espera que la gente llegue, sino que va al encuentro, especialmente de los alejados.
Por Mons. Edgardo Cedeño
La misión sinodal no es una estrategia pastoral más; es volver al corazón del discipulado que nace del encuentro con Jesucristo. En el Evangelio vemos que Jesús no llama discípulos aislados, sino que forma comunidad, camina con ellos, los escucha, los corrige y los envía. Así lo hizo con los Doce, y así lo sigue haciendo hoy en nuestra Iglesia en Panamá.
El camino sinodal que impulsa el Espíritu Santo hoy en nuestra Iglesia nos recuerda que en la “comunión, participación y misión” participan todos los bautizados y los que se vayan integrando gracias al compromiso de seguir anunciando la Buena Nueva del Señor Resucitado. No se trata solo de organizar reuniones, sino de aprender a caminar juntos: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, jóvenes y adultos, escuchándonos con respeto y discerniendo la voz del Espíritu.
En Panamá, marcada por la riqueza de sus culturas, por la fe sencilla de nuestras comunidades y también por desafíos sociales como la desigualdad, la migración y la pobreza, el discipulado sinodal nos invita a acoger y compartir la esperanza.
El verdadero misionero no se encierra en activades pastorales parroquiales, vive el mandato del Señor: “Vayan”, es por lo que la Sinodalidad nos impulsa a una Iglesia en salida, que visite, acompañe, consuele y anuncie esperanza. Una Iglesia que no espera que la gente llegue, sino que va al encuentro, especialmente en las periferias existenciales.
Hoy, ser misioneros sinodales en nuestra Iglesia en Panamá significa vivir nuestra fe no como algo privado, sino como compromiso comunitario y misionero. Significa creer que el Espíritu Santo sigue actuando en nuestra historia y que, si caminamos juntos, podremos anunciar con más fuerza el Evangelio.
Que Santa María la Antigua, que supo escuchar y ponerse en camino, nos acompañe para que nuestra Iglesia panameña sea cada día más discípula y más misionera.
