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Ante la frontera digital

Ante la frontera digital

El gran desafío pastoral de nuestro tiempo no es tecnológico, sino profundamente humano y espiritual.

 

Por Mons. José Domingo Ulla M. /Arzobispo de Panamá. 

En este marzo de 2026, mientras avanzamos en el camino cuaresmal, nos encontramos también atravesando otro desierto: el de la transformación digital.

La Inteligencia Artificial ya no es una realidad lejana, sino una presencia cotidiana que influye en nuestra manera de trabajar, comunicarnos e, incluso, de pensar.

 Ante este nuevo escenario, la Iglesia no puede permanecer indiferente, pero tampoco puede dejarse arrastrar sin discernimiento. La pregunta no es simplemente qué puede hacer la tecnología, sino qué está pasando con el corazón del ser humano en medio de este cambio.

Es cierto que la Inteligencia Artificial ha abierto posibilidades inéditas: facilita el acceso a la Palabra de Dios, ayuda a organizar la caridad y amplía los horizontes del conocimiento. En esto vemos signos positivos que pueden ponerse al servicio del Evangelio. Sin embargo, debemos recordar con claridad que ninguna herramienta, por avanzada que sea, puede sustituir la experiencia viva de Dios.

 

La fe nace del encuentro

La fe no nace de un algoritmo. Nace cuando alguien es mirado con amor. Cuando es escuchado en su dolor. Cuando experimenta la cercanía de una comunidad que acoge y acompaña.

Por eso, el gran desafío pastoral de nuestro tiempo no es tecnológico, sino profundamente humano y espiritual. Estamos llamados a custodiar la dignidad de la persona frente a toda forma de reducción o automatización de la vida. Corremos el riesgo de acostumbrarnos a relaciones mediadas por pantallas, donde falta el rostro, la voz cercana, el silencio compartido.

No se trata de rechazar la Inteligencia Artificial, sino de iluminarla con la luz del Evangelio. Como nos recuerda el Santo Padre, toda tecnología debe estar al servicio de la dignidad humana y del bien común. Y esto implica una responsabilidad ética que no podemos delegar.