La voz del pastor

La fragilidad humana ante la misericordia de Dios

Cada año, al inicio de la liturgia, el Señor nos recuerda su proyecto de redención; proyecto que parte desde el momento en que el ser humano pierde de vista el camino de vida que su Creador le ofrecía. Es un regalo esta Palabra que nos va recordando, como lo ha hecho durante estos días, los inicios de la vida revelados en los relatos del libro del Génesis, relatos enriquecidos con una simbología profunda que nos narra el mensaje teológico de la Creación, de modo especial de la relación del hombre con su Creador
Si hay algo impresionante en estas imágenes del Génesis, es el dato que nos presenta sobre la fragilidad humana, con la que fácilmente el ser humano cae en la seducción del tentador, se deja envolver por una propuesta atrayente, fascinante, le promete seguridad, elevar su nivel hasta el punto de ser como dioses, de vivir sin necesidad del Creador, de poder controlar su vida, la tentación tan atrayente de poder vivir la vida sin que nadie nos diga qué es bueno o malo, de hacer lo que queramos sin que nadie mida qué es moral o inmoral.
Luego de esta experiencia tentadora que presenta ese encuentro de Eva con la serpiente, nos viene una figura tan humana como lo es el conflicto de celos y envidia que siente Caín en el momento en que es aceptada la ofrenda de su hermano Abel. Conflicto interior que muchos seres humanos hemos vivido en algún momento de la vida, de niños, en la escuela, cuando un hermano del trabajo lo promueven o le dan una mejor posición, cuando al otro le va mejor, cuando el vecino se supera, son tantas las experiencias humanas que expresan aquellos mismos sentimientos de enojo, frustración, celos, envidia, odio que cegaron el corazón de Caín hasta llegar a quitarle la vida a su propio hermano.
Partiendo del Génesis, a lo largo de la Sagrada Escritura se muestra un Pueblo que va perdiendo el amor y la fidelidad, el Creador mira como la maldad va creciendo en el ser humano, como la maldad que nace en el corazón y se apodera de cada persona que va contaminando el mundo. Desde esta perspectiva, nos damos cuenta que toda la maldad que se expresa en diversos acontecimientos a lo largo de nuestra historia y en todos los ambientes donde se desarrolla la persona, en los diversos campos de la vida humana, todo radica en la fragilidad humana.
Dios nos ha creado con dimensiones que nos llevan a ser fuertes, a ser fieles, vivir con lo que identifica nuestra esencia de ser bueno. Y es que está dentro de estos aspectos que nos hacen fuertes, la manifestación del amor de Dios que se expresa a través de la libertad, libertad de aceptarlo o rechazarlo, pero en la medida que lo rechazamos nos vamos debilitando, nos hacemos más frágiles ante las seducciones del mundo. Sin embargo, cuando permanecemos en Él, somos fuertes ante esas seducciones y las malsanas inclinaciones de nuestra vida.

DIOS NOS HIZO LIBRES, y esa es una de las más grandes pruebas de su amor. No nos creó para manipularnos, sino que nos dio la libertad para decidir, y, apoyados en la inteligencia y la sabiduría que Él nos comunica, seamos capaces de tomar nuestras propias decisiones. Dios nos hizo libres y tan libres nos creó que nos permite aceptarle o rechazarle. No existe mayor grado de libertad que ese. Y si nuestro Creador que, con tanto amor nos hizo de la nada, nada nos impone. No existe poder en la tierra que tenga el derecho de privarnos de nuestra libertad. Y esa libertad se concretiza segundo a segundo, día a día, en la posibilidad cierta de poder creer y hacer según nuestra conciencia y voluntad, teniendo sólo por límite el derecho de los demás.

LLAMA A LA CONVERSIÓN: La Sagrada Escritura nos habla de esa llamada que Dios hace a su pueblo. Esa conversión, decisión y respuesta libre a la iniciativa gratuita de Dios que llama personalmente, llega a ese fondo en el que se juega el sentido y el sin sentido de la vida. Todo hombre puede recibirlo como gracia y misericordia; pero a la vez cada uno debe conquistarlo con esfuerzo y lucha personal y, ante todo, mediante un total cambio interior, una conversión radical de toda la persona, una transformación profunda de la mente y el corazón.

DIOS ES MISERICORDIA: Ante la respuesta de pecado que es consecuencia de un corazón vacío, frágil, que se siente inseguro, que no ha logrado encontrar su dignidad e identidad de Hijo, debemos tener presente que Nuestro Padre y Creador no se fija en esas obras y acciones que brotan de la fragilidad humana para castigarnos, sino que nos llama a levantarnos, a volver a la casa Paterna para envolvernos con sus brazos de misericordia, lleno de ternura, “no nos trata como merecen nuestros pecados”… “no quiere la muerte del pecador sino que se arrepienta y viva”.
Siempre nos cuestionamos sobre por qué Dios nos ha hecho frágiles, del por qué tantas cosas nos alejan de Él y nos lleva a lastimar a los hermanos y a la misma Creación. Aunque quizás sea difícil poder encontrar una respuesta razonable, lógica o científica sobre este misterio, lo que la fe nos revela, es que al sentir el fracaso de nuestra fragilidad humana, nos da paso para poder experimentar un amor sin límites que solo Dios puede darnos y nos hace experimentar el profundo sentimiento de misericordia de Aquel Padre que siempre está a la puerta esperando que vivamos este proceso de conversión que nos lleva a volver Él.

Monseñor Rafael Valdivieso Miranda / Obispo de Chitré

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