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El valor de la alegría

Somos un pueblo alegre y festivo: es uno de los valores de nuestra cultura que la acción significativa de este mes quiere recordar y hacer presente.
La alegría es ciertamente un valor humano muy importante, del que quizás somos más conscientes cuando nos falta y nos invade la tristeza por diversas causas o en distintas circunstancias. Francisco ha señalado con mucho acierto que “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado” (La alegría del Evangelio 2).
El individualismo y el materialismo son fuentes de tristeza, los placeres superficiales no pueden darnos la verdadera y dulce alegría que nace del amor, del entusiasmo por hacer el bien y de la escucha de la voz de Dios. Entonces la vida no es digna ni plena, nos convertimos -incluso los creyentes- en personas resentidas y quejosas.
Un diagnóstico interpelante, que nos ayuda a preguntarnos si nuestra alegría es auténtica, si es realmente humana y cristiana, o es una tristeza disfrazada.

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