La voz del pastor

Verdadera o falsa felicidad

Estas reflexiones van dirigidas muy especialmente a las personas, sobre todo jóvenes, quienes en estos días se movilizan a diferentes partes del país o permanecen en la capital para celebrar las fiestas carnestolendas.

Está entendido que los carnavales no han sido instituidos por la Iglesia: éstos nacieron como unos días de descanso y diversión antes de iniciar la época de cuaresma ya que éste es un periodo de ayuno, mortificaciones de los sentidos para lograr una verdadera conversión interior y celebrar con mucho fruto la fiestas de Pascua.

También tenemos que saber que la Iglesia no condena a las fiestas por sí mismas ni prohíbe que el ser humano se divierta y busque la felicidad. En realidad la búsqueda de la felicidad es una de las cosas más naturales en todos nosotros., conscientes de haber sido creados por Dios para ser felices. Si nosotros deseamos ser felices, mucho más nuestro Padre Celestial quiere vernos felices.

Ahora bien, para nosotros lo más importante es saber en qué consiste la felicidad y cómo se logra. Si miramos nuestra sociedad y el comportamiento de nuestros semejantes, nos damos cuenta de que para la gran mayoría la felicidad es poseer cosas y dar satisfacción a los sentidos. Se ha confundido la felicidad con el placer meramente corporal. De allí que si preguntamos a las personas por qué ingieren bebidas alcohólicas o hacen uso de sustancias ilícitas que trastocan el cerebro y cambian la conducta, la respuesta no será otra que para ser felices.

¿Por qué se busca el dinero con tanta vehemencia, y a veces hasta lo roban en forma violenta golpeando a la víctima y segando vidas inocentes? ¿Por qué se hace uso indebido de las fuentes de la ida y se llega al desenfreno? ¿Por qué hay tanta pornografía en sus diferentes formas? ¿Por qué se corrompe y se escandaliza a tantos niños y niñas inocentes? Nadie duda de que todo esto se hace en nombre de la libertad y en función de la felicidad.

Pero, ¿por qué no analizamos fríamente los resultados de una vida desenfrenada? Cuando la persona toma bebidas alcohólicas más de lo que el organismo puede soportar, el cerebro es el primer afectado, el razonamiento normal ya no es posible y de allí proviene una serie de males. El cuerpo humano, que es un laboratorio maravilloso dado por el Creador, se estropea, se debilita y se enferma, los que conducen un automóvil en esas condiciones están expuestos a accidentes fatales destruyendo su propia vida y la de los demás.

La familia queda sumida en el llanto, el luto y el dolor. Podríamos enumerar una lista interminable de consecuencias negativas, lo que en fondo no es otra cosa que la ausencia y la negación de la felicidad.

Si queremos encontrar y disfrutar la verdadera felicidad hemos de recordar que no somos únicamente seres corporales, tenemos un alma racional e inmortal; Dios nos ha creado a su imagen y semejanza y la verdadera felicidad no está en las cosas materiales aunque sean buenas. La felicidad se disfruta primeramente en las facultades más íntimas de nuestro ser. Se empieza a ser feliz cuando se tiene una buena conciencia, es decir, cuando hacemos todas nuestras acciones en conformidad con la voluntad de Dios.

Cuando experimentamos el amor de Dios somos felices y levantamos nuestra autoestima, aprendemos a ver a los demás, no como rivales, sino como verdaderos hermanos; nuestras relaciones con la naturaleza adquieren otra dimensión.

Cuando nuestra fe no es sólo conocimiento de verdades reveladas, sino vivencias; cuando sabemos que somos hijos de Dios y miembros de Jesucristo desde el Bautismo y que nuestro cuerpo es sagrado porque es templo del Espíritu Santo; cuando recordamos que estamos hechos para la felicidad, jamás la buscaremos fuera de las pautas que nos ha dejado el Señor para nuestro propio bien. Con esta mirada objetiva de lo que somos, como seres racionales y de nuestra condición de cristianos llamados a la santidad, entonces se podrá participar de toda actividad humana y de cualquier fiesta manteniendo el orden y el equilibrio dejado por el Creador. Sólo cuando nuestro modo de ser y de vivir esté en consonancia con los planes de Dios, seremos verdaderamente felices. Si somos capaces de dominar nuestras pasiones y de hacer el bien aun cuando sea difícil, somos felices. No estamos solos, Dios nos ama, está con nosotros y sólo Él nos hace verdaderamente felices.

Monseñor José Dimas Cedeño Delgado  / Arzobispo emérito de la Arquidiócesis de Panamá

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