Las familias descubren nuevos sentidos tras la partida de los hijos hacia estudios, sueños y horizontes lejanos.
Por Marianne Colmenárez
Aquel agosto de 2024 no llegó de sorpresa. Llegó anunciado durante años en conversaciones familiares, en ahorros guardados con intención, en sueños que se fueron nombrando desde que Paula Andrea Rodríguez Civira inició la secundaria.
Sin embargo, cuando la maleta finalmente salió por la puerta, en el hogar de esta familia se sintió un vacío imposible de anticipar.
Paula partía a Ámsterdam para estudiar Hospitalidad, una carrera orientada al servicio, hoteles y restaurantes. Un camino que ilusionaba a la joven desde hacía tiempo y que su familia había apoyado con convicción.
Lo que nadie dimensionó del todo fue el silencio que quedó después.
“No fue sorpresivo, lo habíamos hablado desde que estaba en primer año. Como padres, siempre supimos que existía la posibilidad de que estudiara en Europa y a ella le emocionaba muchísimo”, expresó Francis, su madre.

La preparación no solo fue logística. Para la familia, la verdadera preparación fue emocional y estuvo centrada en Gabriel, su hermano, ya que, desde pequeños, los hermanos Rodríguez Civira, compartían cada instante del día.
“Se despertaban juntos, desayunaban juntos, iban al colegio juntos y jugaban cada tarde. Yo sabía que a quien más le iba a pegar la ausencia iba a ser a Gabriel, mucho más que a mí o a su papá”, recordó.
La última semana antes del viaje, la casa estuvo invadida de maletas, ropa y decisiones. Paula, minimalista por naturaleza, regaló lo que no pensaba usar y dejó su espacio casi vacío. Cuando se fue, el vacío fue doble. El de su presencia y el del lugar físico que ocupaba.
A la segunda noche, Gabriel entró al cuarto de su mamá llorando. Ese primer mes fue emocionalmente difícil para él. “Le pregunté si quería volver donde su psicóloga y me dijo que no; que necesitaba encontrar el espacio y el nuevo lugar para volver a conectar con Paula, relató Francis.
Con el paso de las semanas, los hermanos encontraron un nuevo ritmo, se adaptaron a la diferencia de horarios. Hoy, hablan con frecuencia y han reconstruido su espacio fraterno a la distancia.
Francis, por su parte, asumió la partida con una mezcla de nostalgia y alegría. Su propia historia influyó mucho. A los 22 años dejó su casa para hacer su vida con independencia y con el apoyo emocional de sus padres.
El síndrome del nido vacío afecta, sobre todo, a madres, y provoca tristeza tras partida de los hijos.
“Mi papá siempre me decía que los hijos son para el mundo. Yo viví eso y sabía que, potencialmente, eso mismo podía pasar con ella. Más que pensar si va a volver o no, lo veo como una etapa que es de ella y me alegra por sus oportunidades”.
Hay días, sin embargo, en que la ausencia pesa más. Cumpleaños, celebraciones, momentos en los que el abrazo no es posible. La distancia no se puede acortar con facilidad y el corazón lo resiente.
Perspectiva de una tanatóloga
Para comprender lo que viven muchos padres en esta etapa, la tanatóloga católica Mariangélica Lasso, ofrece una mirada que ayuda a poner nombre a la experiencia.

“El duelo se entiende como la respuesta natural del corazón ante una pérdida significativa. Cuando los hijos dejan el hogar no se pierde el vínculo, pero sí una etapa de vida profundamente identitaria”, afirmó.
Para muchos padres, gran parte de su rutina, su misión y su sentido de propósito giraron durante años alrededor de la crianza. La partida implica despedirse de un rol cotidiano, de una presencia constante y de una forma concreta de amar.
“Por eso hablamos de un duelo evolutivo. No hay muerte, pero sí una despedida real que merece ser reconocida, sentida y acompañada”, señaló Lasso.
Las pérdidas que se experimentan son simbólicas, pero muy reales. Se pierde la rutina compartida, la sensación de ser necesarios en lo diario, el ruido y el desorden que daban vida al hogar tal como se conocía. También aparece, en muchos casos, la confrontación con el paso del tiempo y la pregunta silenciosa sobre la propia identidad.
“Estas pérdidas no son egoístas ni inmaduras. Son humanas y profundamente comprensibles”, afirmó.
Prepararse emocionalmente para este momento es posible, incluso, cuando los hijos aún viven en casa. Lasso recomienda comenzar a practicar un desapego sano, acompañar sin controlar, confiar sin invadir y celebrar la autonomía como fruto de una misión cumplida.
También invitó a fortalecer la relación de pareja, reconectar con la propia vocación personal y espiritual y recordar que la maternidad y la paternidad no terminan, sino que se transforman.
“La fe ayuda mucho a vivir esta etapa como una entrega confiada. Devolver los hijos a Dios, sabiendo que siempre le han pertenecido primero a Él”, añadió.
Señales de alerta
Existen síntomas que indican cuando este proceso no se está elaborando sanamente. Tristeza persistente, sentimientos de vacío o inutilidad, dificultad para alegrarse por la nueva etapa de los hijos, sobreprotección, culpa excesiva o conflictos de pareja que se intensifican tras la partida.
“Buscar acompañamiento no es señal de debilidad, sino de responsabilidad afectiva y espiritual”, destacó la tanatóloga.
En la casa de Francis, el silencio ya no pesa igual. Se transformó en un espacio nuevo donde el amor encontró otra forma de habitar. Gabriel proyecta su propio futuro y Paula sigue creciendo en el suyo. La distancia no rompió el vínculo, lo obligó a madurar.
Y en medio de esa transformación, Francis aprendió que soltar también es una manera profunda de amar.
