El testimonio de una joven, la voz de una especialista y la mirada espiritual revelan una realidad que crece en silencio y exige atención urgente en el país.
Karla Díaz
En Panamá, hablar de salud mental sigue siendo, para muchos, un tema incómodo. Sin embargo, detrás del silencio crece una realidad que atraviesa hogares, escuelas, trabajos y comunidades enteras. La ansiedad, la depresión, el consumo de sustancias ilícitas y los suicidios ya no son casos aislados; por el contrario, son señales de una crisis que, aunque muchas veces invisible, está presente en la vida de miles de panameños.
Sobrevivir también es avanzar
Pilar Hernández tiene 20 años, pero su historia parece haber comenzado mucho antes. Creció en un entorno familiar sencillo, lleno de momentos felices, pero también de silencios emocionales que nunca supo cómo expresar.
Todo empezó de forma casi imperceptible: con cansancio constante, pérdida de interés por lo que antes disfrutaba y aislamiento. Lo cotidiano comenzó a pesarle. Levantarse de la cama se convirtió en un reto, y mirarse al espejo, en un acto que prefería evitar.
“La ansiedad era como un ruido constante en mi cabeza, y la depresión, un peso que no me dejaba avanzar”, resume.
En medio de ese torbellino emocional, Pilar buscó refugio en caminos equivocados. Lo que inició como una forma de escapar del dolor terminó convirtiéndose en dependencia. Las adicciones llegaron sin aviso, instalándose, poco a poco, como una falsa solución.
Aun así, nunca estuvo completamente sola; su familia, aunque sin entender del todo lo que ocurría, permaneció presente. Hubo momentos de tensión, discusiones y lágrimas, pero también abrazos sinceros y un deseo constante de verla salir adelante.
“Aceptar que necesitaba ayuda fue uno de los pasos más difíciles para mí. Y aunque hoy continúo en tratamiento, asisto a terapia y enfrento con esperanza el día a día, debo decir que no todo ha sido un proceso lineal, porque hay días buenos, días malos y otros en los que simplemente toca resistir”.
El testimonio de Pilar refleja la realidad de muchos jóvenes panameños que luchan en silencio. Y aunque no ha terminado su proceso, ha dado un paso crucial que ella misma destaca, ya que, en medio de su lucha, dejó de huir de sí misma.

Una crisis que va en aumento
La doctora Juana Herrera, especialista en psiquiatría, advierte que Panamá no escapa de la crisis global de salud mental.
“Estamos viendo consumo de sustancias, suicidios, trastornos de ansiedad, depresión y una creciente falta de tolerancia social. Todo esto responde, tanto a un sistema de salud mental que aún es insuficiente, como a las cargas acumuladas del día a día”, explica.
Uno de los puntos de quiebre fue la pandemia de COVID-19, que dejó secuelas profundas. Durante ese periodo, se registró un incremento significativo en casos de ansiedad, depresión, trastornos del sueño, consumo de alcohol y estrés postraumático.
Según datos citados por organismos internacionales, hasta 7 de cada 10 personas experimentaron algún trastorno de salud mental tras la pandemia.
Pero, más allá de las cifras, están las señales cotidianas que no son normales, aunque parezcan: palpitaciones, miedo constante, irritabilidad, dificultad para dormir, sensación de vacío; síntomas que muchas veces se normalizan como si fueran nervios, pero que pueden escalar si no se atienden.

Señales que no deben ignorarse
Uno de los aspectos más delicados es el suicidio, una realidad que también impacta al país. La doctora Herrera detalla que existen señales de alerta que pueden marcar la diferencia: aislamiento repentino, cambios bruscos de conducta, regalar pertenencias o despedirse, pedir perdón de manera inusual e irritabilidad constante, especialmente en hombres.
“Quien piensa en suicidarse no quiere morir; quiere dejar de sentir un dolor profundo que no sabe cómo sanar”, explica. Además, el impacto no termina en la persona que comete el acto, sino que entre 12 y 20 personas cercanas pueden verse afectadas emocionalmente tras una muerte por suicidio, agrega.
Estigma y falta de atención
A pesar de los avances, la salud mental sigue cargando con un fuerte estigma. Es común escuchar expresiones como “eso es de locos” o “no estoy loca”, lo que limita la búsqueda de ayuda.
Y sí, Panamá cuenta con servicios en centros de salud y en la Caja de Seguro Social, pero estos no son suficientes. “Hace falta más personal capacitado, mayor presupuesto y, sobre todo, educación para entender que acudir a un psicólogo o psiquiatra no es señal de debilidad, ya que la salud mental es un derecho humano y, como tal, debe ser prioridad”, subraya la especialista.
La fe como acompañamiento, no como sustituto
Desde el ámbito espiritual, el padre Nelson Magallón aporta una visión complementaria, pues la fe puede ser un apoyo importante, pero nunca debe sustituir el tratamiento médico.
“El primer paso es reconocer la enfermedad, aunque no sea fácil por el estigma. Luego, seguir el tratamiento indicado, pues la fe acompaña, pero no reemplaza la medicina”, señala.
Advierte también sobre un error común que muchas personas que viven estos trastornos o sus familiares suelen cometer: creer que solo con rezar basta. “Esto puede llevar a que algunos pacientes abandonen su medicación, poniendo en riesgo su recuperación”, asegura.
El rol del sacerdote, explica, es acompañar desde la espiritualidad, ayudando a la persona a encontrar sentido en medio del sufrimiento, sin juzgar ni generar culpas.
“La enfermedad mental no es un castigo de Dios, porque Él no deja de amar a quien sufre”, enfatiza.
