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Volvamos a Galilea, empecemos de nuevo

Volvamos a Galilea, empecemos de nuevo

Tras la Semana Santa, la fe no termina: comienza el compromiso de renovar la vida y regresar al origen del encuentro con Jesús para sostener la esperanza.

 

Por Miguel Ángel Ciaurriz OAR

Ya estamos en Pascua. Nos tenemos que hacer más de una pregunta. Por ejemplo, ¿en la tarde del Viernes Santo clavamos y dejamos morir en la cruz nuestros pecados y los desajustes de nuestra vida? ¿En la noche de la Vigila Pascual dimos el paso con el resucitado a una vida nueva o, en todo caso, renovada?

Es que ya la andadura cuaresmal y la Semana Santa terminó y ahora nos toca a nosotros dar razón de nuestra fe. 

Si con Jesús hemos pasado también nosotros de la muerte a la vida porque con él hemos resucitado, y esa vida no se ha marchitado en unas pocas horas y sigue bien viva, tenemos una tarea por delante que, ni el crucificado que resucitó, podrá hacer por nosotros. 

Nos toca volver a transitar la ruta de nuestra fe renovada, animados, sí, por el Espíritu que nos acompaña cada día, hasta el final, pero retornando a Galilea, volviendo al punto de partida, donde todo empezó.

 

“Jesús les dijo: no teman, vayan a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán” (Mt 28,5).

 

Llamado al origen

María Magdalena y la otra María, de madrugada, nos cuenta el evangelista Mateo, cuando empezaba a despuntar el alba, fueron al sepulcro y se encontraron con que un ángel les dijo que no tuvieran miedo, que Jesús, el crucificado y enterrado, estaba vivo, y bien vivo porque había resucitado, como dijo que haría.

El ángel manda a las mujeres que vayan donde los once y les digan que el Maestro resucitó y que les pide se encaminen a Galilea, donde empezaron a seguirle atraídos por su propuesta del Reino de Dios y con la esperanza de que otro mundo diferente ciertamente era posible.

Tenemos que hacer nosotros ese retorno a nuestra particular Galilea para encontrarnos resucitados con Jesús resucitado, si en verdad queremos que la vida nueva a la que hemos renacido tenga garantías de supervivencia y, ni se muera, ni envejezca.

 

Reiniciar el camino

A veces en la vida tenemos que volver a empezar. Tenemos que retornar al kilómetro cero de nuestra historia para reiniciar la marcha, retomando la ilusión primera, aquella que motorizó nuestra vida y la puso en movimiento dándole sentido y llevándola lejos.

Jesús de Nazaret, después de resucitar, pidió  a sus discípulos que volvieran a Galilea. Galilea es el lugar donde todo empezó para ellos. Galilea es el lugar del amor primero, del primer entusiasmo por el Reino, del primer sueño que les hizo dejarlo todo y seguir al galileo. Galilea eran todos los lugares que Jesús había marcado con su presencia. Era Caná, donde convirtió el agua en vino bueno de aquella boda; era el monte donde había proclamado las bienaventuranzas; eran todos los caminos que habían recorrido siguiendo al maestro, las comidas que habían celebrado juntos, las curaciones de las que fueron testigos asombrados, las muchedumbres entusiastas, cada vez más numerosas. Galilea eran también aquellos lugares retirados donde lo vieron orar. 

¡Cuántos recuerdos y emociones en una sola palabra: ¡“Galilea”! En Galilea quedaron seducidos.

La vida se ofrenda, se consume, se gasta y se entrega en Jerusalén. Pero a Jerusalén, la ciudad que mata a los profetas, hay que llegar vivos para morir en ella. 

A Galilea hay que volver para renovar nuestra vida, retomando lo que nos ilusionó al principio, y allí donde se cruzan los vientos de nuestra historia.

 

Renovación

Los años pasan y nos acostumbramos a la rutina de cada día, al amor de siempre, que puede que se haya tornado con el tiempo hasta aburrido; al trabajo de siempre, a la gente de siempre. Y en ello se nos van los días.

Necesitamos volver a aquella Galilea en la que surgió el amor inicial que nos metió la alegría y la pasión en el cuerpo y que puso en marcha la aventura de nuestra historia para seguir viviendo a plenitud y tratar de ser felices.

No dejemos morir ni envejecer la vida nueva que hay en nosotros, ahora que entonamos el Aleluya Pascual. Retornemos a Galilea y empecemos de nuevo teniendo por cierto y seguro que “lo mejor está por llegar”.