El envío de misioneros marcó el compromiso de una Iglesia que se renueva para salir al encuentro de los más necesitados, en el marco del centenario de la Arquidiócesis de Panamá.
Por Marianne Colmenárez
“Las llagas del Resucitado están en tantas familias que han hecho milagros para llevar el pan a la mesa, en las familias fracturadas donde falta diálogo, donde las heridas del abandono y la violencia han dejado huellas profundas”. Con estas palabras, monseñor José Domingo Ulloa Mendieta centró su homilía en la realidad concreta del país durante la celebración de la 54° Cita Eucarística, al exhortar a la Iglesia a no ser indiferente ante el sufrimiento de los más pobres.
La Eucaristía se celebró en el Anfiteatro del Parque Recreativo y Cultural Omar Torrijos, donde miles de fieles provenientes de todas las parroquias de la Arquidiócesis de Panamá se congregaron desde tempranas horas junto a sus familias y comunidades, en el marco del centenario arquidiocesano.

En su mensaje el Arzobispo profundizó en el contexto actual de Panamá al señalar que las llagas del Resucitado están en los matrimonios golpeados por la indiferencia, en las casas donde se comparte techo, pero no siempre el corazón, en tantos hijos y jóvenes que crecen sin la ternura necesaria.
Asimismo, advirtió sobre la situación de la niñez al afirmar que “no son cifras frías, son vidas que claman justicia”, recordando que una gran parte de los niños vive en condiciones de pobreza, lo que interpela a toda la sociedad.
“Panamá no puede llamarse desarrollada mientras haya pobreza, hambre o abandono. Un país que no cuida su niñez está renunciando en silencio a su propio mañana”, expresó con firmeza, a tiempo de hacer un llamado a todos los sectores a asumir su responsabilidad.
Monseñor Ulloa insistió en que la misión nace del encuentro con Cristo Resucitado, pero se hace creíble en el encuentro con el hermano herido.
“Somos enviados a decirle al pobre que no está solo, al que sufre que su dolor no es inútil y al que ha perdido la esperanza que Dios no ha perdido la esperanza en él”, afirmó.

Desde las primeras horas de la mañana, sacerdotes del clero arquidiocesano ofrecieron el sacramento de la reconciliación en distintos puntos del parque, permitiendo a los asistentes vivir un profundo momento de conversión y acoger la indulgencia plenaria concedida durante el Jubileo.

Envío misionero
Uno de los momentos más significativos de este segundo domingo de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia, fue el rito de envío de los misioneros, en el que subieron representantes de las zonas territoriales Santa María la Antigua, Nuestra Señora del Carmen, San Francisco de Paula y Cristo Redentor, acompañados por religiosos y religiosas, quienes fueron llamados a ser fermento en el mundo, discípulos y misioneros.

Posteriormente, se realizó la procesión con el Santísimo Sacramento y la oración del V centenario, vividas con profunda devoción por los fieles, como signo de fe y comunión eclesial.
