La festividad del Cuerpo y la Sangre de Cristo une la fe y las tradiciones populares para exaltar el Santísimo Sacramento. A través de la Eucaristía, los cristianos celebran el sacrificio redentor de Jesús y renuevan su esperanza en la promesa de la salvación.
Por Vilma Calderón
El Cuerpo de Cristo es una fiesta que fusiona la devoción religiosa católica por la Eucaristía con el folclor nacional. Instituida en el siglo XIII por el Papa Urbano IV para dedicar un día completo a exaltar el Santísimo Sacramento, se celebra en las diferentes iglesias sesenta días después del Domingo de Resurrección.
Las iglesias se adornan con alfombras de sal de llamativos colores, flores y aserrín, confeccionadas con la participación de feligreses y familias enteras. Destaca la representación de la lucha entre el bien y el mal a través de danzas tradicionales y el uso de máscaras. Hay desfiles y procesiones del Santísimo Sacramento por las diferentes calles.
Muchos signos hay en el Antiguo Testamento y los realizados por Jesús, que dan a conocer el poder de Dios. Nos muestran que no hay nada imposible para Él, aunque podamos no entenderlo.
En este mundo se cree en cualquier cosa, mas rara vez se cree seriamente en Dios, y allí está la razón de muchos males.
Al reunirse en torno al altar, las familias renuevan su compromiso de vivir el Evangelio en el hogar y la sociedad.
Jesús instituyó la Eucaristía el Jueves Santo durante la Última Cena. Dijo: “Esto es mi cuerpo y esta es mi sangre que se entrega por ustedes para el perdón de los pecados; hagan esto en conmemoración mía”.
A muchos les cuesta entender que hay un milagro que se realiza en cada misa: que, por el poder de Dios, ese pan se convierte en el real y verdadero Cuerpo de Cristo. Y que el vino, consagrado por las manos del sacerdote, también se convierte en la Sangre de Jesús. Aunque no podamos verlo con los ojos humanos, es lo que realmente sucede.
Conmemoramos que nuestros pecados fueron perdonados en la cruz, con su Cuerpo y su Sangre, y agradecemos el sacrificio de Jesús por nosotros.
Para poder comprenderlo se necesita fe, siendo esta “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”.
Fe que sostiene la esperanza y da sentido a las creencias más allá de la razón. Creer contra todo y contra todos. Es necesario pedirle a Dios la fe para creer que ese milagro existe. Si hubo una conversión del agua en vino en la boda de Caná, ese mismo Jesús convierte ahora el vino en su Sangre.
La fe viene por oír y leer la Palabra de Dios, de la meditación y la oración constante y, primordialmente, por la comunión. La Eucaristía no es un pan transitorio como lo fue el maná. Es el mismo Jesús, verdadero pan bajado del cielo, alimento y bebida de salvación.
“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”, nos dice Jesús.
Muchos de sus discípulos no creyeron que esto fuera posible y se alejaron de Él, de su doctrina. ¿Estaremos nosotros haciendo lo mismo al irnos a otras corrientes y denominaciones religiosas? No lo abandonemos.
