“La declaratoria de la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad no es solo un logro cultural; es el reconocimiento a un pueblo que custodia su devoción con arte, identidad y fervor eucarístico”.
Por Redacción
Cada año, sesenta días después del Domingo de Resurrección, las calles de Panamá, con especial fervor en la península de Azuero, en regiones como La Villa de Los Santos y Parita, así como en el sector de La Chorrera, en Panamá Oeste, se transforman en un inmenso templo al aire libre para celebrar la Solemnidad del Corpus Christi.
Esta celebración despierta los sentidos, pero, sobre todo, sacude el espíritu del creyente. Es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, una conmemoración mediante la cual la liturgia formal de la Iglesia se mezcla con el alma folclórica y la identidad del ser panameño.
Para los visitantes a esta región del país por primera vez, el Corpus Christi panameño podría parecer únicamente un festival de danzas folclóricas, máscaras llamativas y vistosos disfraces. Sin embargo, detrás del espectáculo visual late un corazón estrictamente eclesial. Cada elemento de esta festividad tiene una raíz profundamente catequética que data de la época de la colonización española, cuando los misioneros utilizaron el arte, el teatro y la danza para explicar los misterios de la salvación a las poblaciones indígenas y afropanameñas. Lo que nació como una herramienta de evangelización colonial, es hoy un testimonio vivo de fe transmitido de generación en generación.
Festividad
El día de la fiesta, la transformación de los pueblos comienza en la madrugada. Las calles por donde pasará la procesión se cubren de un arte efímero y sagrado: las alfombras de Corpus Christi. Confeccionadas meticulosamente con sal teñida, aserrín, arenas de colores y pétalos de flores silvestres, estas obras de arte no son meros adornos urbanos. Son el tapete sagrado que prepara el camino para el paso real de Jesús Sacramentado en la custodia. Las manos que tiñen la sal y diseñan los monogramas de Cristo son manos que oran en el silencio de la noche. Cada grano colocado es una ofrenda de amor, un acto de adoración pública que proclama que el Rey del Universo merece caminar sobre lo más hermoso que su pueblo puede crear.

Procesión
A media mañana, el sonido de las campanas anuncia la culminación de la Santa Misa y el inicio de la procesión. Es en este momento cuando la teología se hace movimiento en el asfalto a través de las danzas tradicionales. El repicar de las castañuelas, el sonar de los cascabeles y el enérgico taconeo de los “Diablicos Sucios” y “Diablicos Limpios” representan visualmente el combate espiritual que resuena diariamente en el corazón de todo cristiano. Estos personajes, lejos de profanar el carácter sagrado de la jornada, actúan bajo un estricto orden litúrgico y de sumisión.
Recorrido
A lo largo del recorrido, se escenifica la lucha entre el bien y el mal. Figuras como San Miguel Arcángel lideran las representaciones, guiando a las almas hacia la salvación. Al final del día, la cumbre de la jornada no es la danza en sí, sino el momento de la rendición.
Ante las puertas del templo o frente al altar mayor, los imponentes diablos caen de rodillas, deponen sus máscaras y se postran con reverencia ante la majestuosidad de la Eucaristía. Es la catequesis viva y popular de que el pecado y las fuerzas del mal han sido derrotados para siempre por el misterio de la Redención. Cristo ha vencido, y el pueblo lo celebra con el júbilo de los redimidos.

Celebrar el Corpus Christi en Panamá es, por lo tanto, una invitación urgente a renovar nuestro asombro eucarístico. En un mundo que a menudo camina de prisa y olvida lo sagrado, esta festividad nos detiene para recordarnos el milagro del Amor de los Amores. Nos invita a salir a las plazas a gritarle al mundo, al ritmo del tambor y el violín, que Cristo está verdaderamente vivo, que se quedó con nosotros bajo las especies del pan y el vino, y que la cultura de un pueblo alcanza su máxima y legítima belleza cuando se postra de rodillas ante el Rey de Reyes.
