El inicio del año 2026 se presenta como un don de Dios y una oportunidad renovada para la conversión personal y comunitaria. Aunque el mundo ofrece más motivos para el pesimismo que para el optimismo, la fe cristiana sostiene la esperanza de una vida nueva en Cristo.

Miguel Angel Ciaurriz, oar
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Es lo que solemos decir cuando, con un nuevo año, algo nuevo comienza también, y no solo con el último número de la cifra del que se va y del que viene. El tiempo es un don de Dios que, al finalizar cada año, nos ofrece nuevamente la oportunidad de ordenar y actualizar aquello que quedó pendiente en el 2025. De muchas de esas tareas y asuntos tendremos que ocuparnos si queremos avanzar en paz con nosotros mismos y con esperanza hacia lo que está por venir.
Cada año es dedicado por la ONU a un colectivo o tema sobre el que quiere que tomemos conciencia para mejorar el mundo entre todos. Este 2026 será el Año Internacional de la Mujer Agricultora, que no son pocas, y desarrollan un papel importante en el sustento de la familia, amén de otros.
También este 2026 será el Año Internacional de los Voluntarios para el Desarrollo Sostenible. Se pretende promover y reconocer el voluntariado como fuerza clave para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (Agenda 2030), incentivando a estados, organizaciones y ciudadanía en general a fortalecer la cultura del voluntariado globalmente.
No sé. Yo no estoy muy convencido de que a año nuevo le corresponda una vida nueva. Personalmente, no me siento muy optimista con que este año la vida sea nueva para, por ejemplo, los que llevan meses y años padeciendo los rigores de las guerras y conflictos bélicos, y ojalá la paz me cierre la boca y me haga callar.
Una vida nueva en Cristo, necesariamente se manifiesta en amor concreto hacia los demás.
Ante el Año Nuevo no veo razones para el optimismo. Hemos caminado en este santo 2025 como peregrinos de la Esperanza y tal vez ahí esté la razón para la vida nueva que anhelamos para el mundo. Porque hoy, aunque haya más razones para el pesimismo que para el optimismo, como creyentes, no podemos quedarnos sin la esperanza que nos asegura que “lo mejor está por llegar” y que Dios, quien ya venció al mundo, lo siga haciendo.
Decía al iniciar estas líneas que el tiempo es un don que Dios nos da para disfrutar de este mundo, mientras aquí seguimos peregrinando. Tenemos que aprovechar los meses que están por delante para que ese disfrute se convierta en felicidad.
San Pablo nos dice que: “El que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Corintios 5,17). Hacer que todo sea nuevo en nosotros implica mantener alta la tensión para que hagamos, a lo largo de las semanas y días de este 2026, un ejercicio de resistencia a lo que nos quiere sacar del camino y un empeño de permanente conversión, cambio. Que la conversión no la podemos reducir al tiempo de Adviento y Cuaresma.
