La catequista los acompaña a la misa para que vean que la casa de Jesús se llena y que ellos también pueden estar allí para recibir el Cuerpo de Cristo. No importa si gritan, si corren, caminan. Ellos son así y no porque quieren.
Por Elizabeth Muñoz de Lao
Víctor Manuel, un niño de nueve años con autismo en nivel tres, no pudo abrir la boca cuando llegó su turno de recibir la Primera Comunión. Pero no se quedó sin recibir el sacramento.
El párroco Omar Moreno, de Nuestra Señora de Guadalupe, en La Chorrera, siempre fiel a una Iglesia inclusiva y flexible con las diferencias, lo invitó al Santísimo. Allí logró que Víctor recibiera el Cuerpo de Cristo, tras haber culminado la ceremonia para el resto de los 15 niños con necesidades especiales, que el 25 de enero hicieron su Primera Comunión.
El camino para llegar hasta allí no fue fácil. No podían acceder a la catequesis regular, pero la catequesis inclusiva llegó a La Chorrera y, con ella, el derecho de estos pequeños a recibir el Cuerpo de Cristo. Dura solo un año, una hora cada sábado, porque niños autistas, con síndrome de Down, con déficit atencional y otras condiciones no pueden permanecer mucho tiempo en un solo lugar, donde el ruido hace más daño que cualquier enfermedad.
Para la madre de Víctor, Jazmín Rodríguez, la catequesis fue una bendición. “Me sentí contenta cuando lo aceptaron, no me lo creía”, dijo emocionada.

El amor de Jesús alcanza a todos
Nureyka Arenas tiene síndrome de Down. Es cariñosa, alegre, y estaba feliz de hacer su Primera Comunión.
Su mamá, Nuris Bendiburg, explicó que, al principio, fue difícil saber que su niña tenía esa condición, pero la fe y el amor unió más a la familia, que la apoya para lograr que Nureyka desarrolle sus habilidades.
Eso ocurrió en las clases de catequesis. “Más que un grupo, era una familia unida, nutriéndonos para lograr que, a su manera, nuestros hijos entendieran y recibieran a Jesús en su corazón”, explicó.
Una noble misión
“El Santísimo es la habitación de Jesús. ¿A qué huele? ¡Huele rico! ¿Y cómo está? ¡Limpia!”. Con esta dinámica de preguntas y respuestas, los niños de la catequesis inclusiva aprendieron que el Cuerpo de Cristo está en ese lugar sagrado.
Esa es la labor desinteresada y amorosa de la catequista Nadia Muñoz, una profesora de química, cuyo hijo de 14 años, Ronely Rangel, es autista.
Su caminar en esta catequesis comenzó cuando estaba buscando la manera de que su hijo hiciera la Primera Comunión.
Así, Nadia recibió el llamado a catequizar a estos niños y lo aceptó. Pasó a ser catequista formada mediante diplomado en Catequesis Especial y aprendió también el contenido religioso. Pero antes de eso, recibió la guía de Omaraida Medina, de la Comisión Arquidiocesana de Catequesis.
Es un trabajo mancomunado
Los padres tienen una participación muy activa en la catequesis. Para que un niño con necesidades especiales aprenda, debe haber mucha repetición. Con trabajos manuales, cantos y juegos fijan más el conocimiento. Por eso, el reforzamiento en casa es clave.
“Yo me pongo en manos de Dios para saber cómo hacer. Me quito el chip de química para ser una maestra que enseña algo que estos niños no ven ni tocan”, destacó.
Nadia dejó un mensaje muy profundo a los padres: “Abracen al niño que tienen y no al que quisieran tener”.
Opiniones

Nuris Bendiburg y Nureyka Arenas
“La empatía y el amor con que la catequista Nadia impartió las clases, fue hermoso. Se esmeró para que cada niño conociera a Jesús”.

Nadia Muñoz y José Lao
“Mi maestra Nadia me trató muy bien, hasta me decía que yo fuera su ayudante. Sentí mucha emoción de recibir el Cuerpo de Cristo”.

Jazmín Rodríguez y Víctor Moreno
“En otras parroquias no recibieron a Víctor, porque él es autista no verbal. Con mímicas, aprendió a juntar las manos y a hacer la señal de la cruz”.
