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COVID-19: DOS HISTORIAS, UNA ANÉCDOTA Y UN CHISTE

Miguel A. Keller OSA

Dicen que más vale una imagen que mil palabras, y que los discursos convencen, pero los ejemplos arrastran… En estos días todos pensamos y hablamos sobre la pandemia del coronavirus. Hasta muchos obispos y teólogos intentan explicar desde la fe cristiana cómo Dios actúa en medio de esta situación y cómo los creyentes tenemos que entenderla y vivirla. Yo prefiero en este momento ofrecer algo más concreto, pero que sin duda ayuda a nuestra fe. Espero que sirva, al menos a mí me sirvió.

Historia 1

Eliezer Wiesel, superviviente de los campos de concentración nazis y galardonado en 1986 con el Premio Nobel de la Paz, escribió varias obras sobre los horrores del Holocausto. En una de ellas (La noche) describe una escena trágica e impresionante. Tres soldados de las SS eran los verdugos encargados de ejecutar, ante todos los prisioneros, a tres personas, dos adultos y un niño. Tres cuellos fueron en un momento introducidos en tres lazos. ‘Viva la libertad’, gritaron los adultos. Pero el niño no dijo nada. ‘¿Dónde está Dios? ¿Dónde está?’, preguntó uno detrás de mí. Las tres sillas cayeron al suelo… Nosotros desfilamos por delante…, los dos hombres ya no vivían…, pero la tercera cuerda aún se movía…, el niño era más leve y todavía vivía… Detrás de mí oí que el mismo hombre preguntaba: ‘¿Dónde está Dios ahora? Y dentro de mí oí una voz que me respondía: ¿Qué dónde está? Ahí está: colgado de la horca”. Una respuesta de fe, sin duda de un judío creyente, que a un cristiano le recuerda necesariamente a otro judío colgado de la cruz en el Gólgota y de quien sus enemigos se burlaban porque su Dios le había abandonado.

Historia 2

El coronavirus ha golpeado especialmente a la población más envejecida del mundo. Así se explica en parte, pues hay que tener en cuenta otros factores, el alto número de difuntos que han registrado países como  Italia, uno de los países más envejecidos del mundo, con una edad media de 45,5 años (sólo superada por Alemania, Japón y Mónaco). El número de muertos supera ampliamente los 20.000.  Y entre ellos figuran más de un centenar de sacerdotes católicos; muchos murieron víctimas de su generosa cercanía a los enfermos, incluso cediendo el respirador a personas más jóvenes, y otros muchos por su avanzada edad.

La Diócesis de Bérgamo, en la zona norte de Italia, la más castigada por la pandemia, ha sido una de las que más sacerdotes diocesanos ha perdido. Uno de ellos fue el P. Cirillo Longo, sacerdote de la Congregación de Don Orione, que murió a los 95 años el pasado día de San José. A pesar de su delicado estado, siempre estuvo tranquilo y animando a los sanitarios que le atendían. “No tengan miedo, estamos todos en manos de Dios”, les decía. Y murió alegre y feliz, como aparece en una foto suya muy difundida, alzando las manos como señal de victoria y con un respirador y un rosario. Poco antes había telefoneado a un amigo para despedirse diciéndole: “Nos vemos en el cielo, recen el rosario, mando un abrazo para todos”. Creo que muchos pensamos que nos gustaría morir así…

Una anécdota

Hace muchos años leí un libro de espiritualidad en el que se recogían supuestamente los diálogos entre un creyente y Dios con motivo de un mal o un acontecimiento desgraciado. -Señor, pero cómo puede suceder esto, ¿no ves lo que está pasando? ¿Cómo es posible que no hagas nada para ayudar a los que sufren?, oraba ante el crucifijo el creyente. Y él mismo comentó que en ese momento oyó que el Señor le decía –Pero ¿cómo te atreves a decir que no hago nada? ¡Para eso te he hecho a ti!   Él ya hizo lo suyo, ahora nos toca a nosotros

Un chiste   

Leído en estos días en las redes sociales. Dos ancianas conversan sobre el coronavirus. Pareciera que una de ellas está contagiada. Y la otra le pregunta: – Oye, ¿tú crees que si rezas y le pides a Dios que te cure, Él te va a curar? A lo que la enferma responde de inmediato: -No lo sé, de lo que sí estoy segura es de que me va a abrazar. Una respuesta con mucha fe y muy buena teología. 

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