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El llamado a la Santidad

En los pequeños gestos, como una sonrisa, estamos reflejando a Dios.

Todos somos llamados a la santidad no por presunción, sino por vocación. Es un llamado que nace de los más profundo del corazón de Dios para cada uno de nosotros.

La santidad no consiste en estar todo el día rezando en la iglesia, sino vivir cada instante, cada momento de la vida en la presencia de Dios, decidirnos por Él incluso en los momentos difíciles.

Desde la cotidiano de nuestro día somos capaces de decidirnos por Dios y ahí estamos viviendo la santidad. En los pequeños gestos, como una sonrisa, estamos reflejando a Dios a los demás. La santidad es ser presencia de Dios en el mundo, presencia de Dios para los hermanos. Este llamado no es solo para los consagrados ni los sacerdotes, sino para todos los bautizados. La santidad debe ser la meta de nuestras vidas.

No hemos sido llamados por mérito propio, sino por la gracia de Dios. No podríamos corresponder a él si Dios mismo no nos impulsará, por ello, la santidad es el encuentro de nuestra fragilidad con la misericordia de Dios. Esto no nos hace anormales, todo lo contrario, nos hace más humanos.

La santidad es ser presencia de Dios en el mundo y para los hermanos.

La santidad nos hace libres y felices, pues estaremos cumpliendo la voluntad de Dios en nuestras vidas. No hay que tener miedo de ser santos, sino coraje, ser valientes. Cuando nos decidimos por la santidad, nos decidimos por un camino de verdadera felicidad, esto no quiere decir que no habrá cruces, pero en medio de ellas, seremos capaces de sentir y reconocer a Dios junto a nosotros.

La Iglesia siempre nos presentará modelos y ejemplos de santidad, no estamos solos. Recurramos a ellos, pues nos ayudan en el camino a no desfallecer, a no desistir de la meta. En ellos encontraremos algunas respuestas para nuestro propio camino.

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