Espiritualidad

La espiritualidad de san Joselito

José Sánchez del Rio, “Joselito” es un muchacho de apenas 15 años martirizado durante los enfrentamientos violentos de la llamada “guerra de los cristeros” en México, cuando muchos cristianos se sublevaron y lucharon contra la legislación antirreligiosa promulgada en 1926, que prohibía el culto público y ordenaba cerrar las iglesias.

Joselito tenía solamente 13 años cuando estalló el conflicto. Aun así, se empeñó en unirse al ejército “cristero” y pidió permiso a sus padres para hacerlo, pero fue rechazado por su edad. Volvió a insistir y al fin fue admitido como asistente y portaestandarte de la Virgen de Guadalupe, pero no como soldado armado. Rezaba el rosario en la noche con los miembros del improvisado ejército y les animaba a defender la fe.

Durante un enfrentamiento entre las tropas del gobierno y los cristeros, le dispararon al caballo del jefe cristero. Sin dudarlo, Joselito le ofreció el suyo. Hecho prisionero y llevado ante el general enemigo, éste le reprendió por combatir contra el Gobierno, y le dijo: “Eres un valiente, muchacho. Vente con nosotros y te irá mejor que con esos cristeros”. “¡Jamás, jamás! ¡Primero muerto! ¡Yo no quiero unirme con los enemigos de Cristo Rey! ¡Fusíleme! .

Fue encarcelado en la Iglesia de Santiago Apóstol de Sahuayo, en la que había recibido el bautismo, y que estaba con-vertida en gallinero, cuartel y prisión. Escribió una carta a su madre que decía: “Mi querida mamá: Fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que en los momentos actuales voy a morir, pero no importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios. No te preocupes por mi muerte, que es lo que me mortifica; antes diles a mis hermanos que sigan el ejemplo que les dejó su hermano el más chico. Y tú haz la voluntad de Dios, ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por última vez y tú recibe el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba. José Sánchez del Río”.

Poco después, en la noche del 10 de febrero de 1928, fue torturado y ejecutado.

Dos testigos contaron que los soldados le arrancaron la piel de la planta de los pies con un cuchillo. Después lo hicieron caminar hasta el cementerio mientras lo golpeaban. Quisieron obligarlo a apostatar de la fe con las torturas, pero sus la-bios solamente se abrían para gritar ‘¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!’. Ya en el cementerio el jefe de los soldados ordenó apuñalarlo para que no se oyeran los disparos. Con cada puñalada José gritaba: “¡Viva Cristo Rey!”, “¡Viva Santa María de Guadalupe!”. Después el mismo jefe le disparó dos veces en la cabeza. Sin ataúd y sin mortaja recibió directamente las paladas de tierra y su cuerpo quedó sepultado, hasta que años después, sus restos fueron inhumados en las catacumbas del templo expiatorio del Sagrado Corazón de Jesús. Actualmente reposan en el templo parroquial de Santiago Apóstol, en Sahuayo, Michoacán.

Benedicto XVI le beatificó el año 2005  y fue canonizado en octubre de 2016 por Francisco.

Espiritualidad

Desde niño, Joselito vivió la fe cristiana, participó en la Iglesia, quiso entregar la vida en manos de Dios, se puso como objetivo llegar al cielo.  “Mamá, nunca había sido tan fácil ganarse el cielo como ahora, y no quiero perder la ocasión”, respondió a su madre cuando le advirtió del peligro que suponía confesar y defender la fe en la situación que vivía México. Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe eran el centro de su fe, alimentada en la oración, la catequesis y los sacramentos.

Los mártires son los mejores testigos de la fe, capaces de dar la vida y soportar torturas y sufrimientos. La gracia de Dios y la fuerza del Espíritu Santo se manifiestan en la debilidad humana. La fortaleza y valentía ejemplares del joven Joselito son un motivo de admiración, imitación y alabanza al Señor. Como los cristianos de los primeros siglos, José no temía dar la vida por su fe en Cristo e incluso lo deseaba. Ante  la tumba del abogado Anacleto González Flores, martirizado el 1 de abril de 1927, el muchacho pidió a Dios poder morir como él en defensa de la fe católica

“No hay amor mayor que dar la vida por los amigos”. La palabra del Señor sigue cumpliéndose, desde los primeros siglos y en todos los tiempos, en quienes ofrecen su vida con completa generosidad al servicio del Señor y los hermanos y por la causa del Evangelio del Reino. De muchas maneras, a través de gestos de generosidad y sacrificio, pero especialmente en el martirio. Joselito cedió generosamente su cabalgadura a un cristero en peligro, y fue también generoso en su vida hasta entre-garla por Jesucristo.

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