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La paciencia

Roquel Cárdenas 

Una de las cosas que más paraliza el espíritu humano es la tristeza.  San Pablo nos dice que “la tristeza del mundo produce la muerte”, 2Corintios 7, 10. Un desánimo generalizado puede llegar a producir hasta dolores físicos, como si se secaran los huesos. En el Antiguo Testamento también nos hace una clara advertencia sobre este mal, cuando nos advierte “engaña tu alma y consuela tu corazón, echa lejos de ti la tristeza; que la tristeza perdió a muchos y no hay en ella utilidad”, Eclesiástico 30, 23.

En la vida presente es muy fácil que tengamos que soportar contradicciones y sufrimientos que puede provocar desánimo. Al examinar nuestro alrededor podemos calibrar el temple espiritual de un alma, por las cosas que le molestan o que lo sacan de su centro. Hay personas que pierden el equilibrio porque se le quiebra una uña o porque no logra satisfacer un capricho. Otros, efectivamente, tienen la capacidad de asumir cosas más serias; pero en ambos casos hay que vigilarse para que las pasiones no nos ahoguen.

Por eso, es necesario cultivar la virtud de la paciencia que nos permita mantener nuestro buen juicio ante situaciones difíciles y no perder la perspectiva de la realidad; para que podamos tolerar los males que nos sobrevienen con ánimo tranquilo. Pero yo sé lo que me vas a decir: “que es fácil para usted escribirlo, pero otra cosa es vivirlo”. Como aquel que le dice al otro que lo tome con calma, porque no está padeciendo el sufrimiento o el dolor. 

Tengo que confesar que esa es unas de las cosas que me resulta más difíciles al visitar a un hermano enfermo y sobre todo si está padeciendo dolor, porque no atino a que decirle, porque efectivamente es muy fácil y hasta cómodo decirle al que sufre que tenga paciencia. Así que entiendo perfectamente esa premisa de que es fácil hablar de paciencia desde la teoría.

Mi propósito en este artículo, más que todo, es que nos dispongamos para el día malo. Que nos preparemos, porque sabemos que eventualmente tendremos que participar en el maratón del sufrimiento; le llamo maratón porque en ocasiones nos parece muy largo y de nunca acabar. Pero lo cierto es que sería un error esperar que llegue la maratón para entonces experimentar si tenemos o no las condiciones físicas para realizarlo. Como nos dice la Palabra “Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros en cambio, por una incorruptible. Así pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado”, 1Corintios 9, 25ss.

El entrenamiento es importante y sobre todo diagnosticar en qué estado físico nos encontramos. No pretender correr cinco kilómetros sino podemos, tal vez buscándonos un infarto. Más bien empezar poco a poco. Igual ocurre con la paciencia, empecemos a vigilarnos en lo pequeño y es probable que vamos a descubrir que tenemos mucho menos de los que pensábamos. Ver si las pequeñas incomodidades del día que son chicas, pero muchas ¿cómo las sobrellevo? Por ejemplo, hacer la misma tarea una y otra vez a veces hasta el hastío, pasar un día caluroso sin quejarme, escuchar con calma al otro sin interrumpirlo, soportar las pequeñas ingratitudes de los demás, sobrellevar que las cosas no salen como planeamos, en fin, luchar por no quejarme de las pequeñas incomodidades. Para ir poco a poco ofreciéndoselo al Señor, para estar preparado para cuando nos toque la maratón.

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