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La Patria reclama de todos honestidad y transparencia.

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En la celebración de la misa de este miércoles 1 de julio, primer año de gobierno del Presidente Laurentino Cortizo Cohen, y escogencia de la nueva directiva de la Asamblea Legislativa, el Arzobispo de Panamá, Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, dirigió un mensaje directo a la clase política, económica, sindical, cultural, inclusive religiosa a la conciencia ciudadana en este momento particular de la historia de nuestro país.  

Y para fundamentar su llamado se enfocó en la primera lectura en donde el profeta Amós, uno de los «profetas menores», denuncia con fuerza las desigualdades sociales y la injusticia que aplasta a los pobres. 

Para el Arzobispo, la justicia ha de transitar así en nuestra vida social, escuchando el clamor de los pobres, y volvió a referirse al profeta Amós, cuyo mensaje va directo al centro de la cuestión: “Busquen el bien y no el mal, y vivirán.” 

“Esa es la clave para caminar por la vida. Dios no espera de nosotros ni necesita que cantemos un aleluya permanente, lo que sí llega al cielo es cuando me esfuerzo por hacer el bien y renunció a hacer el mal, cuando ayudó al hermano o hermana”, señaló Monseñor Ulloa. 

Sin embargo, no puede dejar de ver la realidad, por lo que lamentó que hoy es más importante la cantidad de producción y la eficiencia que la vida familiar, social y económica de los trabajadores, y más importantes nuestras pertenencias, que el bien social de la comunidad. 

“No dejemos que nos domine lo material”, exhortó, y recordó que Dios nos ha regalado todas las cosas materiales las cuales son buenas y son para nuestro bienestar, pero jamás deberán estar por encima de los valores como son: la vida humana, la vida familiar, y la protección del medio ambiente. 

Desde esta perspectiva y esperando un cambio de actitud, invitó a orar por nuestro país, por las autoridades gubernamentales y civiles que lo dirigen, con el fin de pedirle a Dios para que les ilumine su entendimiento y fortalezca su voluntad en orden a disponer todo lo que les compete, para alcanzar los objetivos de paz y de justicia en torno al bien común.

“En este momento particular de la historia, Panamá necesita de todos, para enrumbar el país que queremos”, manifestó tras exhortar a que seamos consciente de que si hay algo que el país reclama es honestidad y transparencia: en una palabra, la moral de todos sus ciudadanos, comenzando por quienes tienen mayores responsabilidades políticas, económicas, sindicales, culturales y religiosas.

A continuación, el texto completo de la Homilía de Monseñor Ulloa desde la capilla de su casa.

Homilía Miércoles XII del tempo ordinario

Mons. José Domingo Ulloa Mendieta osa

Conviene que nos detengamos por un momento en la primera lectura, donde Amós, uno de los «profetas menores», denuncia en nombre de la justicia de Dios lo que hacen los hombres en una perspectiva más bien social, denunciando a los comerciantes que falsifican sus balanzas, a los jueces corrompidos. Amós, que es un hombre sencillo, hijo de un pastor, denuncia con fuerza las desigualdades sociales, la injusticia que aplasta a los pobres.

Así, hablar de justicia de Dios, quiere decir que hay una injusticia en la tierra a la que hay que poner fin.

Amós compara la justicia con un arroyo perenne, algo que es infinito, algo que no acaba, y utiliza el verbo fluir para que sea algo dinámico, algo que circule en la corriente de un arroyo, como la sangre corre por nuestras venas.

La justicia ha de transitar así en nuestra vida social, escuchando el clamor de los pobres.

No es difícil de comprender como otras lecturas de los profetas. Amos va directo al centro de la cuestión: “Busquen el bien y no el mal, y vivirán.”

Aquí podríamos terminar el comentario porque de golpe hemos entrado en lo más importante de nuestra relación con Dios, con nosotros mismos, con los que nos rodean y hasta con este planeta. “Buscar el bien y no el mal” es la clave para caminar por la vida. Dios no espera de nosotros ni necesita que cantemos a cuatro veces un aleluya permanente.

Las nubes de incienso de nuestras celebraciones no llegan al cielo. Se quedan bastante más abajo.

Lo que sí llega al cielo es cuando me esfuerzo por hacer el bien y renuncio a hacer el mal, cuando ayudo al hermano o hermana en lugar de quitarle lo poco que tiene, cuando cuido este mundo porque es la casa común que Dios nos ha regalado a todos, cuando abro las puertas de mi casa y de mi corazón para escuchar y acoger de verdad al que viene cansado y agobiado.

Todo eso es hacer el bien. No es tan difícil saber cuándo hacemos el bien y cuando no. 

La primera lectura se cierra con una frase que también conviene que guardemos en el corazón. “Retirad de mi presencia el estruendo del canto, no quiero escuchar el son de la cítara; fluya como agua el juicio, la justicia como arroyo perenne.”

Conclusión: ser justos y obrar la justicia es la mejor forma de alabar a Dios. Claro que a veces obrar la justicia, ayudar al hermano me/nos trae malas consecuencias y dificultades para nuestra vida. ¡Qué le vamos a hacer! No iba a ser tan fácil seguir el camino de Jesús. El Evangelio es un ejemplo claro. Jesús cura al endemoniando. Era un hombre que sufría y eso, para Jesús es suficiente para actuar. Pero al pueblo no le gustó lo que había hecho Jesús.

Esta historia del Evangelio nos parecería estar lejana a nuestra realidad, sin embargo, la verdad es que se repite frecuentemente hoy en nuestra sociedad dominada por el materialismo. Jesús sana y libera a dos hombres, dos seres humanos que sufrían a causa de unos demonios. Al hacerlo los demonios destruyen toda una piara de cerdos.

Los habitantes en lugar de agradecer el haber liberado y sanado a dos hermanos, a dos seres humanos que sufrían, se preocupan más por la pérdida material de una piara de cerdos. Vale más la piara de cerdos que la salud y bienestar de dos seres humanos. Como consecuencia, la comunidad rechaza a Jesús.

Como vemos la historia se repite una y otra vez. Hoy es más importante la cantidad de producción y la eficiencia que la vida familiar, social y económica de los trabajadores; son más importantes nuestras pertenencias, que el bien social de la comunidad; es más importante el trabajo y el bienestar económico, que la vida familiar y la atención a los hijos…

Preferimos lo material a lo espiritual. Y cuando Jesús, a través de la Escritura o de la Iglesia nos advierte de esto, o busca ayudarnos a liberarnos de estas esclavitudes… la respuesta es: Que tiene la Iglesia (o el mismo Jesús) que decirme sobre qué es más importante, que tiene que hacer en mis negocios, en mi medio social, en mi vida, en la política, en la moral.

No dejemos que nos domine lo material. Dios nos ha regalado todas las cosas materiales, las cuales son buenas y son para nuestro bienestar, pero jamás deberán estar por encima de los valores como son: la vida humana, la vida familiar, y la protección del medio ambiente. Nada vale una piara de cerdos comparada con la alegría que produce el ver a un hermano sano y feliz.

Entre el endemoniado y la piara, no tuvieron muchas dudas: preferían la piara.  Ya estaban acostumbrados al sufrimiento de aquel hombre. Lo podían soportar. Pero perder la piara… eso ya era demasiado. Así que rogaron a Jesús que se fuese del país, que dejase de molestar, que estaban tranquilos como estaban antes con su endemoniado y su piara de cerdos. 

A veces nos pasa a nosotros algo parecido. Antes que asumir las incomodidades de hacer el bien, preferimos la comodidad de seguir como estábamos. Con nuestros endemoniados, pero también con nuestra piara. Pero ese no es el camino de Jesús. 

Un profesor que tuve cuando estudiaba teología, repetía hasta la saciedad, que no hay persona que reconozca más la presencia de Dios que aquel que lo niega en su vida. Es como si le atormentara la idea de que Dios exista. A veces, escogemos caminos de muerte, inertes, a pesar de que nuestro deseo sea el contrario de lo que expresamos. El ateo niega a Dios, pero en su deseo más profundo, quiere que Dios esté presente. De hecho, necesita de su existencia para poderlo negar.

Desde esta perspectiva, la Iglesia invita a los fieles a orar por nuestro país, por las autoridades gubernamentales y civiles que lo dirigen, con el fin de pedirle a Dios para que les ilumine su entendimiento y fortalezca su voluntad en orden a disponer todo lo que les compete, para alcanzar los objetivos de paz y de justicia en torno al bien común.

El Papa Francisco ha dicho que “Un buen católico se entromete en la política, dando lo mejor de sí, para que el gobernante pueda gobernar. Pero ¿qué es lo mejor que podemos ofrecerles a los gobernantes? ¡La oración!

¿Por qué es importante orar? Porque la oración conforma nuestra vida a los planes que Dios tiene para nuestra existencia. Porque la oración, nos va haciendo cada vez más «imagen de Dios”, y nos permite ver los acontecimientos y el mundo con los ojos de Jesús.

Estamos convencidos que la suma de la oración llena de fe por nuestra patria es la gran fuerza para la paz que tanto necesita nuestro país.

Orar por Panamá es hacer también Patria, porque el Señor de la historia vive y está presente en la historia de nuestro pueblo panameño.

NO PERMITAMOS QUE PANAMA SE ALEJE DE DIOS

Somos conscientes que hay una pérdida de la conciencia ciudadana, que con el tiempo se ha acrecentado asombrosamente. Como consecuencia crece también, en un amplio sector de la población, la indiferencia política, la desesperanza y la apatía, que algunos pudiesen justificar o no.

 Pero también es cierto que no queremos escuchar a Dios. Y la ausencia de Dios en los pueblos trae como consecuencia una sociedad individualista, hedonista, corrupta, egoísta, materialista, indiferente con el que sufre, que no valora la vida –en ninguna de sus etapas- donde predomina la cultura del desecho, como la ha llamado el Papa, a esa sociedad donde los seres humanos son desechados, pensando que son sustituibles.

Tenemos bien claro que “la Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia.

A la Iglesia le interesa sobremanera trabajar por la justicia tal como lo ha expresado el Profeta Amos, esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien”.

LA PATRIA NECESITA DE TODOS  

En este momento particular de la historia, Panamá necesita de todos, para enrumbar el país hacia el Panamá que queremos.

Si bien es cierto que la debilidad institucional de nuestra democracia y el desprestigio de los partidos políticos impiden la internalización y la valoración de los principios democráticos en nuestra población, especialmente en los marginados, a quienes no llegan los beneficios de un sistema que cumple formalmente las reglas democráticas, pero que no asegura el goce efectivo de los derechos humanos, “se hace necesario e indispensable humanizar la política y devolverle su sentido original, su causa y finalidad es la primacía de la dignidad humana y el bien común”. (Cfr. Mater et Magistra 20).

El complejo mundo de la política desafía a las comunidades cristianas, especialmente a los fieles laicos, a generar espacios y escenarios posibles de discernimiento evangélico de los signos de los tiempos, a fin de promover el desarrollo de una auténtica cultura democrática y la participación con conciencia, actitud profética, sentido ético y abierta a la pluralidad, que haga posible el vínculo y proyección social de todas las personas como sujetos creadores de un nuevo orden social. (Cfr. Compendio de Doctrina Social de la Iglesia 189).  

Así nos lo ha recordado el Papa Francisco al decir que los ciudadanos no pueden desinteresarse de la política: “Ninguno de nosotros puede decir: ‘Pero yo no tengo nada que ver con esto, ellos son los que gobiernan…’. No, no, yo soy responsable de su gobierno y tengo que hacer lo mejor para que gobiernen bien y debo hacer lo mejor por participar en la política como pueda. La política -dice la Doctrina Social de la Iglesia- es una de las formas más elevadas de la caridad, ya que es servir el bien común. Yo no puedo lavarme las manos, ¿eh? ¡Todos tenemos que dar algo!”.

Por eso ninguno podemos desentendernos de la política en al amplio sentido y como ciudadanos y cristianos tenemos la tarea de edificar la patria, tarea que hace renacer en nosotros una gran esperanza.

Por eso el cristiano ha de ser constructor de un mundo más solidario, más justo, más humano, el mundo que anhela el corazón del hombre.

 Y ser consciente de que si hay algo que el país reclama es la honestidad, la transparencia: en una palabra, la moral de todos sus ciudadanos, comenzando por quienes tienen mayores responsabilidades políticas, económicas, sindicales, culturales, religiosas.

El amor a la patria nos convoca a reflexionar y a comprometer nuestra acción por construir una sociedad mejor. Depende de nosotros que esta idea se haga realidad.

 PANAMÁ, acatemos las normas que nuestras autoridades han implementado. Por ti, por los tuyos, por Panamá -Quédate en casa.

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.

ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

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