Comunidad

San Chárbel, un santo desconocido

RAÚL SERRANO, OSA 

Uno de mis compañeros de seminario, después de pocos años de servicio en su diócesis, decidió hacerse monje, y lleva ya casi cincuenta años de vivir como eremita en un desierto no de arena sino de nieve. Su eremitorio está en medio de un bosque en Canadá, donde los meses sin nieve son pocos durante el año.

Una vez le visité y cuando me despedía me regaló una estampa de un santo que no había visto nunca. La estampa mostraba a un monje que mantenía los ojos bajos y que lucía una barba blanca. Me dijo que era San Chárbel y que era su patrono. Había decidido tomarlo como modelo para su vida de ermitaño. 

Vuelto a Panamá, me olvidé de San Chárbel. Aquí parece que nadie lo conoce. Al menos, no he visto su imagen en ninguna iglesia. En Venezuela se le conoce un poco más, pero mi gran sorpresa fue en México. Allí encontré su imagen en varias iglesias y con un adorno que llama la atención: sus imágenes están cubiertas de cintas de colores. Me contaron que las personas que le piden un favor a San Chárbel escriben la petición en una cinta de cualquier color, menos negro o blanco. Cuando la petición es concedida, se le lleva una cinta blanca como agradecimiento. La gran cantidad de cintas que tienen sus imágenes denota la fe que se tiene en su intercesión. 

San Chárbel nació en un pueblito, a unos 140 kilómetros de Beirut, la capital del Líbano, el 8 de mayo de 1828. A los 23 años siente que el Señor lo llama a la vida consagrada e ingresa al convento. En 1853 hace sus votos perpetuos y se ordena sacerdote. En 1875 decide hacerse ermitaño y desde entonces vivió en soledad, dedicado a la oración y a la penitencia, hasta su muerte acaecida la víspera de la Navidad de 1898.

Muy pronto la fama de su santidad comenzó a extenderse entre la gente. Cristianos y musulmanes se acercaban a su tumba en la que su cuerpo se conservaba incorrupto y alcanzaban curaciones por la intercesión de este monje. En 1925 se abrió el proceso para su beatificación. El Papa Paulo VI lo beatificó en 5 de diciembre de 1965 y finalmente lo canonizó el 9 de octubre de 1977. Desde entonces su fama y devoción ha comenzado a extenderse por todo el mundo cristiano.

La vida monástica, el estilo de vida consagrada que eligió San Chárbel, no existe en Panamá. San Chárbel fue un monje que durante 23 años vivió en completa soledad por amor a Dios. 

La vida monástica puede ser cenobita o eremita. La cenobita es cuando los monjes viven juntos en comunidad, y eremita cuando viven retirados en soledad. San Chárbel inició su vida monástica como cenobita, pero sus 23 últimos años los vivió como eremita.

En Panamá tenemos tres monasterios de monjas que viven en comunidad dedicadas a la oración, al sacrificio y al trabajo. El más antiguo es el Monasterio de la Visitación en Las Cumbres, Panamá; el segundo es el de las Clarisas en La Pintada, Coclé y el más reciente es el de las Carmelitas en Portobelo, Colón. Monjes no tenemos, ni cenobitas ni ermitaños.

Algo que me ha llamado la atención en la historia de la Iglesia es que en los siglos V, VI en adelante cuando la gran empresa de la Iglesia era la evangelización de Europa, los grandes y santos obispos de esos siglos, lo mismo que los reyes y reinas católicos se dedicaron no a la formación de misioneros para convertir a los infieles, sino que sembraron sus diócesis y reinos de monasterios de monjes dedicados a la oración, al estudio y al trabajo manual. Estos monjes fueron los misioneros que le dieron el sello cristiano a la civilización europea. Alrededor de esos monasterios nacieron las grandes ciudades europeas y en muchos de ellos tuvieron origen sus prestigiosas universidades.

San Juan Pablo II, en Puerto Príncipe en 1983, pidió que la nueva evangelización se llevara a cabo con “nuevos métodos, nuevas expresiones y nuevo fervor”. Para lograrlo, ¿no habrá que volver al ejemplo de aquellos santos obispos y reyes y animar y favorecer la vida monacal dedicada a la oración, al estudio y al trabajo manual?

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