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Seamos imitadores de Cristo

Mientras Jesús estaba predicando por las aldeas de Galilea, un leproso se le acercó y le dijo: “Si quieres, puedes limpiarme” (Mc. 1, 40-45). Jesús no evita el contacto con este hombre; más aún, impulsado por una íntima participación en su condición, extiende su mano y lo toca, superando la prohibición legal, y le dice: “Quiero, queda limpio”. En ese gesto y en esas palabras de Cristo está toda la historia de la salvación, está encarnada la voluntad de Dios de curarnos, de perdonarnos, de purificarnos del mal que nos desfigura y arruina nuestras relaciones con el prójimo.

Jesús no toma distancia de seguridad y no actúa delegando, sino que se expone directamente al contagio de nuestro mal; y precisamente así nuestro mal se convierte en el lugar del contacto: Él, Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros de Él su humanidad sana y capaz de sanar. Esto sucede cada vez que recibimos con fe el Sacramento de la Reconciliación, que nos cura de la lepra del pecado.

Si queremos ser auténticos discípulos de Jesús estamos llamados a llegar a ser, unidos a Él, instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. Para ser “imitadores de Cristo” (cf. 1 Cor. 11, 1) ante un pobre o un enfermo, no tenemos que tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, y de tocarlo y abrazarlo. Debemos tener un gesto de ternura, un gesto de compasión hacia los demás, pero debemos preguntarnos: ¿cuando ayudamos a los demás, los miramos a los ojos? ¿Los acogemos sin miedo de tocarlos y con ternura? Pensemos en esto: ¿cómo ayudamos? A distancia, ¿o con ternura, con cercanía?

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