Muchas veces, a los cristianos de hoy nos da miedo escuchar los que nos tiene que decir Jesús y, más aun, seguirlo.
Por Miguel Ángel Ciaurriz OAR
Estamos ya entrando en la segunda semana de la andadura cuaresmal e iniciamos la semana con el relato de la Transfiguración de Jesús, acompañado de Pedro, Santiago y Juan, en la pequeña altura del monte Tabor.
La nuestra, como la de Jesús, para que acabe en pascua, en vida nueva, tiene que terminar en Jerusalén, donde nos dejamos clavar hasta morir en la cruz para quedar en condición de poder resucitar a una vida nueva.
Nuestra carga
En el camino, también como Jesús, cargamos miedos, muchos miedos. Y, también como Jesús, necesitamos hacer una escala en el Tabor de nuestras vidas para presentar nuestros miedos al Padre. En su camino por las aldeas de Galilea, a medida que se iba acercando a Jerusalén, la ciudad que mata a los profetas, encontró muchas resistencias y oposiciones. Sus adversarios eran poderosos y era tanto el poder que tenían, que podían decidir sobre su vida y amenazarlo de muerte.
Jesús era plenamente consciente de estos riesgos. Y le fue entrando miedo.
Estar con el Padre
La Transfiguración arriba de la montaña del Tabor, ocurre justo después de que les anunciara su Pasión, por primera vez, a sus discípulos. Estas advertencias del Maestro, que los discípulos no entendían qué significaban, fueron también, sin duda, el particular camino cuaresmal hacia la Pascua de Pedro y los demás del grupo.
Jesús sube al monte porque necesita estar con su Padre para abrirle su corazón lleno de miedo por todo lo que se le viene encima. Y se hace acompañar de Pedro, Santiago y Juan, a quienes los quiere de testigos de lo que va a acontecer. Tradicionalmente, este pasaje de la Transfiguración se interpreta como un anticipo de lo que será la victoria de Jesús, que cuando resucite al tercer día, dejará vencida a la muerte.
La escena tiene la pretensión de animar y sostener en la esperanza la débil fe de los tres que subieron al Tabor con él.
Aparte de esta clásica manera de ver y entender este texto, a mí me gusta dejar que vuele nuestra imaginación y contemplar a Jesús arrodillado, en profundo recogimiento, diciéndole a su Padre: “oye, Abba, tengo miedo, mucho miedo; me has metido en un lío tremendo al encomendarme esta misión y, a veces, estoy que no sé qué hacer. Ante tanta adversidad y peligro me siento tan débil como estos que me siguen. Mira mi miedo. No te pido que me lo quites, solo que me des fuerza para sobrellevarlo y seguir mi camino hasta el final, y completar mi tarea sin caer en la tentación del volverme atrás.
Grandes profetas
Allí están Moisés y Elías, que representan la Ley y los profetas. Con su presencia en lo alto de la montaña, el Padre parece decirle a Jesús: “ciertamente va a ocurrir lo que temes que ocurra, pero no temas, yo estoy contigo. Tú eres mi hijo amado en quien yo me complazco. Y es a ti a quien todos tienen que escuchar y seguir para que este mundo vaya por buen camino. Y, para que todo el mundo te escuche y siga, debes consumar lo que has venido a hacer”.
Nosotros, como Jesús, o él como nosotros, por el camino de la vida cargamos nuestros miedos, que no son pocos ni pequeños. Subamos con ellos a la montaña, ese lugar, aparentemente apacible, en el que Dios se hace más cercano y digámosle lo mismo que imaginamos le pudo decir Jesús sobre su miedo muy humano. Y en esa altura contemplemos el resplandor de su figura, a quien debemos escuchar y seguir porque es el Hijo amado del Padre en quien Él se complace.
Acogida sin temor
A los cristianos de hoy nos da miedo, como en aquel día sintieron Pedro, Santiago y Juan, escuchar a Jesús y aún más miedo nos da seguirlo. Pero es a él, y a nadie más, a quien debemos escuchar y cuyos pasos debemos rastrear. No nos dejemos llevar de otras voces, por muy celestiales que parezcan. Si no coinciden con la Palabra del Galileo, no nos servirán de mucho.
Escuchar solo a Jesús es dejarle ocupar el centro de nuestra vida. No necesitamos otras voces. Él mismo nos puede liberar de nuestros miedos, que no son pocos. Lo que pasa es que, a veces, para escapar de ellos, desviamos nuestro camino.
Escuchando a Jesús, podemos decirle también a él lo que él dijo al Padre en la altura del Tabor: <<Señor tengo miedo, esto de seguirte no es fácil, transfigúrame, dame fuerza, valor y determinación para hacer lo que tengo que hacer. Si nada es imposible para Dios, no debería tener miedo de nada.
