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Vida consagrada en Panamá, desde el silencio sigue transformando realidades

Vida consagrada en Panamá, desde el silencio sigue transformando realidades

En el marco de la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada, la renovada directiva de la Confederación Panameña de Religiosos y Religiosas analiza contextos sociales, eclesiales y los desafíos pastorales actuales.

 

Por Marianne Colmenárez

“En un mundo herido por crisis, guerras y sufrimientos, la vida consagrada sigue siendo un signo de esperanza para la humanidad”.

Así lo asegura el padre José Tomás González, agustino recoleto y actual presidente de la Confederación Panameña de Religiosos y Religiosas (CONFEPAR), cuando asevera que “la vida consagrada es una expresión en la sociedad y en el corazón de la Iglesia, un signo de esperanza que testimonia la presencia de Dios en un mundo oscuro, lleno de profecías negativas”.

Sus palabras marcan el sentido profundo de la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que se celebrará este lunes 2 de febrero, una fecha que invita a mirar con gratitud y respeto la entrega silenciosa de hombres y mujeres que han consagrado su vida al servicio del Creador y a los descartados de la sociedad.

“A través de los votos de pobreza, castidad y obediencia, la Iglesia ofrece a la sociedad una alternativa de vida, fundamentada desde el Evangelio, la caridad, la justicia, y de la vivencia de valores que parecen diluirse durante todos estos tiempos”, expresó el religioso agustino.

 

Cada año, esta jornada, vinculada a la fiesta de la Presentación del Señor, recuerda que la vocación consagrada nace de una entrega humilde y confiada en Dios.

 

La hermana Argelia Quero, de la congregación Esclavas de Cristo Rey y coordinadora regional de la CONFEPAR en la Arquidiócesis de Panamá, explica que “contemplar a Jesús presentado en el templo es reconocer que la vida consagrada es luz que no se guarda, sino que se ofrece para el bien del pueblo, especialmente de los últimos”.

 

Misión en Panamá

En el istmo, la vida consagrada ha sido históricamente un pilar fundamental de la evangelización y del desarrollo humano integral.

Padre José Tomás González, agustino recoleto.

Desde la llegada de los primeros misioneros de la Orden de los Frailes Menores Franciscanos en 1502, protagonistas de la evangelización fundante de la Iglesia panameña, hasta las comunidades religiosas, hoy dispersas en todo el territorio nacional, “religiosos y religiosas han estado presentes a lo largo y ancho de nuestra geografía, a través de casas y comunidades de distintos carismas, monasterios femeninos y vida contemplativa, allí donde muchas veces nadie quiere ir”, afirma el padre José Tomás González.

La vida consagrada no observa desde la distancia ni se repliega en espacios seguros, sino que se implica de manera directa en las problemáticas del pueblo.

Hna. Argelia Quero, Esclava de Cristo Rey.

“Sostenemos comunidades eclesiales de base, impulsamos procesos de formación bíblica y pastoral, y animamos celebraciones de la Palabra en lugares donde no siempre hay presbítero”, destaca la hermana venezolana Argelia Quero, consagrada como religiosa desde hace 57 años y quien ha recorrido desde hace casi 30 años zonas rurales y urbanas del país, especialmente trabajando en la parroquia de La Santa Cruz en Chilibre.

En medio de la pobreza, la migración forzada, la crisis ambiental, la violencia social y familiar, sirven, tal como dice la religiosa, sin grandes discursos ni protagonismos, sino desde una vida ofrecida día a día.

Este testimonio encuentra también un reflejo concreto en la experiencia misionera del propio padre José Tomás, quien, junto a otros misioneros, sirvió durante veintisiete años en Kankintú, uno de los distritos de la comarca indígena Ngäbe-Buglé.

“Allí desarrollamos una misión integral, ejercimos como educadores y acompañamos procesos en los ámbitos sanitario y asistencial; en la promoción humana, la cultura, la ciencia, la literatura y los medios de comunicación social”, recuerda, como expresión viva de una vida consagrada, comprometida con la dignidad y el desarrollo del pueblo.

 

En el país sirven más de 30 congregaciones sacerdotales y más de 50 de religiosas.

En sinodalidad

La Confederación Panameña de Religiosos y Religiosas asume hoy una misión clave en este contexto eclesial. La nueva directiva inicia su servicio con la convicción de animar, coordinar y revitalizar la vida consagrada en el país.

“La intercongregacionalidad es hoy una urgencia evangélica”, afirma el padre José Tomás. Caminar juntos, respetar los carismas propios de cada instituto y fortalecer la cooperación con los obispos y la Conferencia Episcopal Panameña es parte de una Iglesia que vive y encarna la sinodalidad.

CONFEPAR busca abrir espacios de escucha sincera que permitan conocer la realidad concreta de las congregaciones, sus alegrías, cansancios, desafíos y esperanzas, como punto de partida para un discernimiento auténtico.

Para la hermana Argelia, el trabajo en comunión entre las distintas congregaciones no es opcional ni responde solo a criterios de eficacia pastoral.

“Es una exigencia evangélica y una llamada de la Iglesia universal, porque fortalece la identidad común de la vida consagrada, evita el aislamiento institucional, expresa una

Iglesia entendida como comunión y Pueblo de Dios, y hace creíble, en la práctica, la sinodalidad que hoy se proclama”, resalta.