La voz del pastor

Jesucristo es la razón de la Navidad

La fiesta de la Navidad del año 2017 en Panamá ocurre en una sociedad en la que hay personas que por razones de trabajo u otras proceden de tierras donde no hay tradición cristiana, ni ellos son cristianos. A los que podemos sumar panameños que profesan otras religiones como hindúes y musulmanes, por ejemplo. Además de la comunidad hebrea que en días pasados han celebrado su fiesta de Hanukkah, fiesta de las luces en la que también hay la costumbre de regalos, de repostería especial, de participación de los niños, de luz

Siguiendo la suma tenemos los cristianos bautizados que no practican su fe, o que se les ha quedado reducida la fiesta a algo entrañable, pero limitado a lo familiar y a la práctica social de regalos, fiestas en el lugar de trabajo, etc, , y que sus propias penas, lutos, problemas, son más fuertes que su fe en el que nació de María. Todo ello  está facilitando un cierto desdibujamiento de lo que en la fe celebramos en la Navidad Incluso mayor aumento de presencia de la expresión no tan comprometedora “felices fiestas” y menos el “feliz Navidad”.

En la Pascua de Navidad celebramos un misterio fundamental de nuestra fe, el nacimiento de aquel que murió en la cruz y resucitó al tercer día; el Dios con nosotros que marca una completa distinción entre la fe cristiana y la que se expresa en otras religiones. Gran oportunidad se nos ofrece de ahondar en nuestra fe, de vivirla en familia, de compartirla trasmitiéndola a los hijos, testimoniando de ella con amigos, con compañeros de trabajo, con todas aquellas y aquellos a quienes anunciamos quién es la causa de nuestra alegría.

En la celebración eucarística, después de haber escuchado la Palabra y presentado nuestras ofrendas, iniciada la gran oración solemne, quien preside recita la “epiclesis” que consiste en invocar al Espíritu Santo sobre las ofrendas de pan y vino e impone las manos sobre ellas. Si hay concelebrantes, todos ellos extienden su mano hacia las ofrendas uniéndose a la oración y gesto de quien preside. Esta es propiamente la consagración, que en el rito latino de la misa se acentúa con las palabras sobre la hostia y sobre el cáliz. Una vez concluido, dirigiéndose a los feligreses, quien preside dice palabras como “este es el sacramento de nuestra fe”, a lo que la asamblea responde con palabras como “anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección, ven Señor Jesús”. En esta respuesta está condensada nuestra fe.

Sin rubor anunciamos al mundo que somos discípulos, testigos del que lo mataron y colgaron de una cruz. Pero lo somos y lo proclamamos porque él resucitó, él vive y él sostiene nuestra esperanza activa porque está viniendo, volviendo a este mundo para la plenitud de su Reino. Mientras él vuelve, mucha tarea nos ha dejado. Por esto comulgamos su Palabra, su Cuerpo y su Sangre para seguir el caminar.

Todo ello encierra que confesamos que verdaderamente él es “camino, verdad y vida”. para toda la humanidad, para toda la Creación. Por tanto todos los dichos y hechos de él antes de la resurrección son revelación, Palabra de Dios para nuestras vidas. Jesús de Nazaret, afirmamos, es el Cristo, el Hijo de Dios y el mismo Dios en persona; verdaderamente hombre, verdaderamente Dios; misterio de Fe. Por esto celebramos con alegría la Navidad porque nuestro salvador, el que mataron, no apareció mágicamente sino que hizo completamente el camino humano, naciendo de mujer, en su amor haciéndose carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre. Uno de nosotros, en todo igual menos en el pecado.

El mensaje sobre la persona de Cristo reposa sobre dos pilares reunidos en arco: la vida antes de la Pascua de Resurrección y la misma resurrección.

No fue nada fácil para las primeras comunidades cristianas, cómo soportar el escándalo de la cruz. Lo que se presentaba como una absoluta catástrofe, esta muerte en la cruz era el más infame suplicio, reservado a esclavos y delincuentes extremos, suplicio particularmente cruel y sádico. No olvidarlo porque nos facilita mejor todavía el don, el regalo que se nos hace en la Navidad.  La coherencia del camino del Señor desde el anuncio a aquella joven de Nazareth, la recia personalidad del varón José, la desnudez, la ausencia de todo privilegio en el nacimiento y a lo largo de toda su vida haciendo el bien, estableciendo el Reino en medio de nosotros, invitándonos a vivir las Bienaventuranzas.

Dos tiempos bien diferentes en el camino de fe en Jesús vivida por sus discípulos. El primer tiempo es el de su vida antes de la resurrección y de cómo los discípulos lo acompañaron llegando hasta reconocerlo como Mesías.. El segundo tiempo es el que sigue a la resurrección, acontecimiento decisivo que aporta, desde la fe, la prueba de la intimidad de Jesús con el Padre. Los dos tiempos son absolutamente necesarios, pues en la ausencia del primero ya no hay encarnación propiamente dicha y la resurrección sólo sería la de un desconocido, de nadie. Por otra parte, si Jesucristo no ha resucitado nuestra fe se vuelve vacía (1 Cor 15).

¡FELIZ NAVIDAD!

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