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800 años de redención

Para nosotros, seres humanos sometidos a la temporalidad, que, aunque nos aferremos al sueño de vivir para siempre reconocemos el paso del tiempo en nosotros y en los que nos rodean, es difícil lo que puede significar ochocientos años de historia. Casi nos cuesta recordar lo que hicimos ayer, o algunos acontecimientos significativos de nuestra infancia.

La Orden de la Virgen María de la Merced se asoma este día 10 de agosto al abismo agradecido de los ochocientos años de la fundación en la ciudad de Barcelona, en la catedral ante el rey Jaime I el conquistador y el obispo de aquella diócesis, Berenguer de Palou, Pedro Nolasco fundó y estableció una familia religiosa que animada por la redención de Cristo, que murió para darnos vida, y librarnos de la esclavitud del pecado fuera capaz de visitar y librar, (redimir) a aquellos cautivos pobres (mujeres, niños y hombres) que habían caído en poder y en manos de musulmanes y de otros enemigos de la Ley de Cristo.

Para este caritativo y arriesgado gesto quiso que sus religiosos y religiosas profesaran junto a los votos de pobreza, castidad y obediencia, un cuarto voto llamado de redención por el que mostraban alegremente dispuestos a dar la vida por aquellos hermanos que estaban a punto de perder la fe a causa del cautiverio. Para defender la fe de los cautivos, y por tanto, la esperanza de la salvación eterna, los mercedarios a lo largo de los siglos ejercieron la virtud de la caridad, del amor más grande, el amor con que Cristo nos ha amado hasta dar la vida. La caridad redentora ha sido el motor a lo largo de los ocho siglos de historia mercedaria.

Pedro Nolasco comenzó su historia hace ya tantos siglos, pero su mensaje sigue siendo actual. Sigue habiendo en el mundo muchos hombres y mujeres cautivos, que en medio de los sufrimientos y dificultades se olvidan de la presencia de Dios, o a los que se les obliga a renunciar a la fe, y con ello a olvidarse de la salvación que el Señor les ha ganado y les está ofreciendo. La Merced quiere ser hoy como siempre experiencia de caridad, amor al límite, como es el amor de Jesús por los suyos.

La Orden de la Merced que nació en Barcelona en 1218, se subió a las naves de Colón para atravesar aquel mar tan inmenso y desconocido, donde parecía que se había sumergido la antigua civilización de la Atlántida, para llevar a los nuevos pueblos que no conocían la Palabra de Dios, la luz del Evangelio, para que descubrieran la dignidad de hijos de Dios, hijos amados del Padre, iguales en dignidad y herederos de la vida eterna. Y en aquellos barcos, llegaron una mañana del mes de abril de 1519 hasta estas tierras istmeñas donde siguieron proclamando la salvación que Dios ofrece, enseñando y creando doctrinas, mostrando el camino del Evangelio aprendiendo las lenguas de los pueblos indígenas, colaborando con ellos en el progreso y desarrollo humano.

Y con aquellos frailes de blanco que edificaron su casa e iglesia en el antiguo solar de Panamá Viejo vino una imagen de María Santísima, Nuestra Madre de la Merced que hablaba al corazón de aquellos cristianos de libertad y de amor a los más necesitados. Y esta devoción arraigó profundamente en el corazón del pueblo panameño, y su blanco escapulario en el pecho de los creyentes.

Y como habían venido a ser panameños, crearon hogares, y escuelas, se dieron a hacer del arte camino de evangelización, y llenaron pueblos y caminos con el escudo redentor de la Merced, la cruz blanca y los colores rojo y oro, en forma de bastones o palos que recordaban el gran don de la vida ofrecida martirialmente por amor. Y sufrieron con el pueblo de Panamá por su libertad e independencia; y cuando los malos momentos de la exclaustración y expulsión de los religiosos, la Merced sagrario de la Catedral de Panamá; siempre fue casa de María, santuario y templo.

Y cuando regresaron los mercedarios a la República de Panamá en 1980, siguieron encontrando un pueblo creyente y acogedor, que les abría las puertas para poder seguir siendo la Merced de María, en un primer momento en el populoso barrio del Chorrillo para seguir derramando a manos llenas el amor misericordioso de María entre los niños que correteaban por las calles, los ancianos en el ocaso de la vida, con escuelas de instrucción, y con una parroquia de puertas abiertas, para que Dios entre en la casa de todos y todos puedan entrar en la casa de Dios. Y en 1983, regresan los mercedarios a su antigua iglesia, de tiempos de presencia española, desde donde la bellísima imagen de María de la Merced, regalo del rey Felipe V en 1722 corona el retablo. Ella es la Madre de los Cautivos, y es la Madre de los Redentores. Ella es la Madre que a todos sigue guiando hasta Jesucristo.

Hoy la Merced sigue respirando con estos pulmones: El Chorrillo y San Felipe. Fátima y la Merced. Hoy los religiosos mercedarios quieren llevar a través de su palabra y de su presencia el amor de Jesucristo a los más pobres, los más necesitados, los cautivos del siglo XXI, quieren seguir siendo esperanza de redención para los que llevan las cadenas de la pobreza, de la prisión, de la ignorancia; y quieren romper la tiranía del pecado, ofreciendo sus casas y sus personas para ser espacios de libertad.

Fátima-El Chorrillo es casa grande, donde todo el día entran y salen niños con su jolgorio, con su alegría. Y tiene esa hermosa prolongación en la Escuela San Pedro Nolasco en Burunga, que junto a la Escuela de la Merced aúnan los dos nombres más queridos para un mercedario. Hoy son esperanza de un mundo de niños que crecen en ambientes sanos, con perspectivas de formación gozosa, integral, humana y humanizadora desde la mirada mercedaria. Siguen con la mirada los ancianos del Hogar que se alegran al ver tantos niños, recuerdo de su infancia, de una vida gastada en favor de los demás. Y el Hogar de muchachos, y el COIF, y la clínica dental, y el comedor… y tantas cosas buenas que se van desgranando día a día.

La Merced San Felipe tiene otro sonido. No es el alboroto infantil; tiene otro sonido, como el de su órgano barroco que contempla desde lo alto del coro. Es la joya mercedaria, colonial y restaurada, con su Museo mercedario que acoge lo mejor del arte que los mercedarios a lo largo de quinientos años fueron dejando por estas tierras y que ahora pretende dar una clave explicativa de la presencia mercedaria. Y es una parroquia enclavada en el casco antiguo de la ciudad, una vez trasladada al sitio de Ancón. Parroquia donde el amor y devoción a María es clave que identifica; y los santos mercedarios, Ramón Nonato, Serapio, María de Cervellón, los mártires de la persecución religiosa en España, y otros de tradición panameña como san Pancracio, Cristo Pobre… Es parroquia antigua y a la vez rejuvenecida por tantas iniciativas formativas, catequizadoras, de Evangelio y de arte y cultura que tratan de elevar el alma al Creador del Bien, y de la Belleza.

La Merced es también libertad para los presos. Esperanza de redención y de rehacer la vida. La Merced es anuncio de Evangelio dentro de las prisiones, y a las familias; es procurar librar de la desesperanza. Es librar de las cautividades de aquel que piensa que no tiene remedio, de que no se puede reinsertar. Es esperanza para ofrecer nuevas oportunidades al que ha tropezado en el delito y quiere levantarse y unirse a la comunidad civil y cristiana. La Merced es celebración de Cristo Vivo en la cárcel, donde todo mal tiene su asiento.

Hoy la Orden de la Merced quiere mirar su historia con memoria agradecida, para vivir el presente con pasión y abrirse con esperanza al futuro, tal como pedía el Papa Francisco a los religiosos en el Año de la Vida Consagrada.

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