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No encuentro mi belleza porque no soy consciente de que estoy constantemente en la mente de Alguien, de que tengo luz propia porque Ese Alguien lleva mi nombre, mi vida en sus heridas, inscritas en su corazón.

No encuentro mi belleza porque no me valoro lo suficiente, porque no me veo lo suficientemente digno. Y entonces, me busco en la aprobación de la gente, en las redes sociales, en discotecas, en relaciones que no me llevan a la plenitud de mi alma. Y dejo de lado a Aquel que me conoce, que sabe para lo que estoy creada, y que está deseando que le de un “sí” sincero para que venga a mi lado a socorrerme. Con Él no hace falta que me maquille, no hace falta parecer perfecta, ni es necesario ocultar mis tristezas. Para Él mi belleza soy yo, con mis heridas, con mis circunstancias, con mi pasado. Siendo creados a imagen y semejanza de Dios, nuestra belleza renace en tanto estamos en contacto con nuestro Creador. ¿O no es cierto que un niño solo es conocido realmente por su madre y solo consigue ésta tranquilizarle y sacarle una sonrisa?

Así es nuestra relación con Cristo, solo Él hace que nuestra alma florezca y tienda a la plenitud. San Agustín nos lo hace ver diciendo: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Si nos miramos a nosotros como nos mira Cristo, si somos conscientes de que somos creados por Él, y de que es nuestro Redentor, encontraremos nuestra belleza como aquel ciego que recobró la vista gracias a su fe. ¿Sabes que nuestra propia belleza se manifiesta cuando cumplimos la misión para la que hemos sido creados?.

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