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Un hogar que rompe el ciclo de la pobreza y transforma la vida de jóvenes panameñas

Un hogar que rompe el ciclo de la pobreza y transforma la vida de jóvenes panameñas

Desde 1998, esta obra de la Arquidiócesis de Panamá ha acompañado a adolescentes de áreas vulnerables, ofreciéndoles formación integral y la oportunidad de construir un futuro digno.

 

Por Karla Díaz

Hay obras que sostienen vidas enteras. Una de ellas es el Centro de Formación para la Mujer (CEF Mujer), un hogar impulsado por la Arquidiócesis de Panamá, la Congregación de Oblatas del Sagrado Corazón de Jesús y Fe y Alegría Panamá, que desde 1998 ha cambiado el destino de decenas de jóvenes.

Aquí no hay grandes presupuestos estatales ni subsidios gubernamentales. Lo que sostiene este lugar es algo mucho más frágil y, al mismo tiempo, poderoso; es la caridad, la fe y la solidaridad de personas de buena voluntad.

La historia del centro comienza en las comunidades más apartadas del país, donde estudiar puede convertirse en una travesía de horas.

“Había jóvenes que caminaban tres y hasta cuatro horas para ir a la escuela. Muchos abandonaban sus estudios por los peligros del camino, por enfermedades o, incluso, por mordeduras de culebra”, recuerda la hermana Doris Díaz, responsable del centro.

Fue esa realidad la que impulsó a los jesuitas en San Félix, junto a Fe y Alegría, a crear una alternativa. Lo que inició como un programa de apoyo para madres, con cursos de costura y bisutería, pronto cambió de rumbo.

“Las mismas mamás nos dijeron que les preocupaba más el futuro de sus hijas, ya que ellas terminaban sexto grado y no tenían cómo seguir estudiando”, añade.

Y así nació este espacio donde las jóvenes de áreas rurales e indígenas encuentran lo que en sus comunidades muchas veces hace falta: las oportunidades.

Aquí reciben alojamiento, alimentación, atención médica, formación académica, técnica, humana y espiritual. Estudian en colegios de la ciudad y, al regresar, continúan su formación dentro del hogar.

 

Los talleres son parte fundamental en la formación de las niñas.

 

 

El Ministerio de Educación (MEDUCA) reportó que 9,145 estudiantes abandonaron las aulas en 2023, de una matrícula de 706,537, lo que representó un 1.3% de deserción.

 

“Aquí aprendí a valorarme”

Entre tantas historias, la de Yolanda Ábrego resume el alma del centro. Llegó, desde la comarca, siendo una niña, y hoy cursa su segundo año de universidad en la licenciatura en Educación Primaria.

“Al principio tenía miedo, nunca había salido de mi comunidad. Pero aquí me  recibieron con alegría, me dieron consejos y eso me motivó”, cuenta.

Para ella, lo más importante no fue solo estudiar. “Aprendí a respetarme, a valorarme. Me dijeron que soy capaz, que puedo lograr lo que me proponga”, detalla.

Su mensaje a otras jóvenes es claro: “Aprovechen las oportunidades, pongan a Dios primero y sigan adelante. Todo es posible.

 

Disciplina y ganas de romper ciclos

“Lo primero es que sean de familias humildes, pero, sobre todo, que tengan el deseo de superarse”, explica la religiosa.

Jóvenes de las comarcas son beneficiadas con la formación del centro.

El día a día se construye entre clases, tareas, responsabilidades domésticas y momentos de reflexión. No hay personal de limpieza, por lo que ellas mismas cuidan el lugar, aprenden sobre disciplina y trabajo en equipo.

También aprenden algo que no siempre tuvieron, a darse su valor y a creer en sí mismas.

“Muchas llegan sin haber tocado una computadora o un teléfono. Aquí las mismas compañeras las ayudan, se apoyan entre ellas”, expresa la hermana Doris.

 

 

Mujeres que construyen su historia

El modelo es integral. Además de la educación formal, reciben talleres de autoestima, expresión oral, panadería, acompañamiento psicológico y formación en valores.

Participan en la vida parroquial, descubren la fe y construyen identidad.

“Queremos que sean mujeres de bien para sus familias y sus comunidades”, dice la religiosa. Y los resultados hablan por sí solos. Hay egresadas que hoy son profesionales en áreas como enfermería, educación, trabajo social o seguridad alimentaria.

“Cuando se van, ya conocen su valor. Rompen el ciclo de pobreza”, añade.

 

En un hogar sostenido por la fe y la solidaridad, jóvenes de comunidades vulnerables encuentran educación, acompañamiento y la oportunidad de construir un futuro que parecía imposible.

 

Una obra sostenida por la fe

A pesar del impacto, el centro enfrenta grandes carencias. No recibe apoyo estatal, el trabajo es voluntario y todo se mantiene con donaciones.

“Formar una profesional no es solo ayudar a una persona, es transformar un país”, dice la hermana Socorro, quien describe su misión como “un granito de arena lleno de amor”.

 

Incluso, para apoyar a las jóvenes universitarias, buscan padrinos que puedan aportar pequeñas becas mensuales.

 

“Necesitamos mantenimiento, pagar servicios básicos, cortar la hierba, internet para las muchachas… cosas sencillas, pero esenciales”, explican.

 

Un hogar que transforma

En una zona considerada “roja”, el centro es también un símbolo de esperanza. “Nunca nos han hecho daño. Al contrario, la comunidad nos cuida”, asegura la hermana Socorro Mejía.

Hoy albergan a 14 jóvenes, pero tienen capacidad para 25. Cada nueva llegada representa una historia que puede cambiar. Porque en este lugar, donde no llega el apoyo oficial, sí llega algo más fuerte, que es la fe en que cada mujer puede transformar su vida y, con ella, el futuro de todo un país.