La santa francesa, viuda y madre de familia, encontró en San Francisco de Sales el camino que la llevó a fundar en 1610 la Orden de la Visitación de Santa María. Más de cuatro siglos después, su carisma permanece vivo en el Monasterio de la Visitación de Las Cumbres.
Por Héctor Muñoz
Cada 12 de agosto, la Iglesia recuerda a Santa Juana Francisca de Chantal, una mujer cuya vida estuvo marcada por el amor a Dios, las pruebas familiares, la caridad y una profunda búsqueda de la voluntad divina.
Su nombre está estrechamente unido al de San Francisco de Sales, con quien fundó en 1610 la Orden de la Visitación de Santa María, una comunidad religiosa de vida contemplativa que nació en Annecy, Saboya, Francia, y que con el paso de los siglos extendió su presencia por diferentes países.
La historia de esta santa también tiene un vínculo especial con Panamá: el carisma que ella ayudó a poner en marcha hace más de 400 años continúa vivo en el Monasterio de la Visitación de Santa María, ubicado en Las Cumbres, donde las religiosas sostienen su misión principalmente mediante la oración y la vida contemplativa.
Una vida marcada por las pruebas
Juana Francisca Frémyot nació en Dijon, Francia, en 1572, en el seno de una familia católica. Contrajo matrimonio con el barón de Chantal y tuvo hijos. Sin embargo, su vida familiar quedó marcada por una profunda prueba cuando enviudó después de un accidente de caza sufrido por su esposo.
La pérdida la llevó a atravesar un período de dolor y discernimiento. En medio de aquella experiencia, fue creciendo en ella el deseo de entregar completamente su vida a Dios.
Su camino espiritual encontraría un momento decisivo en su encuentro con San Francisco de Sales, obispo de Ginebra y reconocido director espiritual.
Entre ambos nació una profunda amistad espiritual que con el tiempo daría origen a una nueva familia religiosa.
El Vaticano ha destacado precisamente esta relación entre ambos santos y cómo de su comunión espiritual nació la Orden de la Visitación, caracterizada por una consagración a Dios vivida desde la sencillez y la humildad.
Nace la Orden de la Visitación
En 1610, Juana de Chantal y Francisco de Sales fundaron en Annecy la Orden de la Visitación de Santa María.
La nueva comunidad tenía una característica particular: buscaba vivir una profunda entrega a Dios desde la humildad, la sencillez y la vida de oración.
San Francisco de Sales quiso que sus religiosas aprendieran a encontrar a Dios también en las cosas ordinarias de cada día. El Papa Benedicto XVI explicó que el ideal de la Visitación consistía en una consagración total a Dios vivida precisamente en la sencillez y la humildad.
La Orden fue aprobada por la Santa Sede en 1618 y sus religiosas son conocidas como Visitandinas o Salesas. Se trata de una comunidad de vida contemplativa y de clausura papal.
Con el paso del tiempo, la espiritualidad de la Visitación se extendió por distintos lugares del mundo.
Una espiritualidad que llegó a Panamá
La historia de la Visitación también forma parte de la historia de la Iglesia panameña.
El Monasterio de la Visitación de Santa María en Panamá fue fundado en 1924 por religiosas procedentes de Ocaña, Colombia. Las primeras hermanas se establecieron en Bella Vista, pero posteriormente, debido al crecimiento urbano, la comunidad se trasladó a Las Cumbres en 1959, donde permanece hasta nuestros días.
En abril de 2025, la Iglesia arquidiocesana celebró el centenario de la presencia del Monasterio de la Visitación en Panamá, agradeciendo a Dios por cien años de vida contemplativa y de oración por el país.
Durante aquella celebración, la Arquidiócesis destacó el monasterio como una presencia silenciosa de oración, paz y servicio escondido en el corazón de la Iglesia panameña.
Un monasterio que reza por Panamá
La vida de las religiosas de la Visitación puede pasar desapercibida para muchos, precisamente porque su misión se desarrolla principalmente detrás de los muros del monasterio.
Sin embargo, su presencia constituye una forma particular de servicio a la Iglesia.
Desde el silencio del claustro, las hermanas ofrecen sus oraciones por las necesidades de la Iglesia, por las familias, por los enfermos, por quienes sufren y por quienes necesitan consuelo.
La Arquidiócesis de Panamá ha señalado también que las religiosas confeccionan las hostias que posteriormente son consagradas y distribuidas en parroquias y capillas del país.
Durante la celebración de su centenario, el capellán del monasterio, padre Arcinio Murillo, describió a las religiosas como mujeres que, desde el silencio y el claustro, ofrecen su amor a través de sus manos y de la oración.
La herencia de Santa Juana de Chantal
Santa Juana de Chantal murió en 1641, después de una vida marcada por las alegrías y sufrimientos propios de una mujer de su tiempo, pero también por una profunda entrega a Dios.
Su camino demuestra que la santidad no siempre nace de circunstancias extraordinarias. En su vida hubo matrimonio, maternidad, duelo, dificultades y responsabilidades familiares. Fue precisamente en medio de esas realidades donde fue descubriendo el llamado de Dios.
Su legado continúa hoy en las comunidades de la Visitación presentes en distintos lugares del mundo y, de manera particular para los panameños, en las religiosas que desde Las Cumbres mantienen viva esta vocación contemplativa.
La propia Iglesia ha presentado la espiritualidad de la Visitación como un camino que pone en primer lugar la contemplación y que busca vivir la entrega a Dios desde la sencillez.
Una presencia silenciosa que cumple cien años
La celebración del centenario del Monasterio de la Visitación en Panamá permitió recordar que la evangelización también ocurre desde el silencio.
Mientras muchas comunidades religiosas realizan su misión en las calles, parroquias, escuelas o centros de atención, las religiosas contemplativas ofrecen otro tipo de servicio: orar por la Iglesia y por el mundo.
Así, la historia de Santa Juana de Chantal no pertenece únicamente a la Francia del siglo XVII. Su legado llegó hasta Panamá y continúa presente cada día en una comunidad que, desde Las Cumbres, mantiene encendida la lámpara de la oración.
Más de cuatro siglos después de aquella primera fundación en Annecy, la Visitación sigue recordando a la Iglesia que también en el silencio, en la humildad y en las pequeñas tareas cotidianas es posible entregar toda la vida a Dios.
Santa Juana Francisca de Chantal, ruega por nosotros.
